Esta vez no teníamos que desmantelar a toda prisa el campamento y salir de madrugada en busca de nuestro próximo destino, sino que íbamos a pasar la mañana en el reasentamiento de Mumame, cerca de Maputo, adonde llegamos la noche anterior.
Madre Susana, la responsable del proyecto de cooperación, nos tenía preparada una sorpresa: había decidido, en agradecimiento a la Comunidad de Madrid y al interés de los jóvenes, poner a una de las calles del reasentamiento el nombre de la expedición: Rumbo al Sur.
Somos como ADCD, ya tenemos nuestra propia calle
Tras el desayuno, y mientras el resto de la expedición se encaminaba hacia el lugar del acto, yo me demoré para ver las imágenes que Telemadrid tomaba de algunos de los jóvenes leyendo fragmentos de sus diarios.
Era una oportunidad inmejorable de poder conocer algunos de sus pensamientos íntimos.
Como ya dije al relatar uno de los días anteriores, sus cuadernos de viaje estaban llenos de frescura, viveza, curiosidad y hasta algo de saludable crítica.
Recuerdo que uno de los muchachos, José Antonio, que por cierto encontró durante nuestra estancia unos días antes en Inharrime una larga serpiente muerta en su mochila, relataba en las breves líneas que compartió con los medios la visita a un centro escolar y la sinrazón que para él escondía el hecho de ver a un profesor enseñando a sus alumnos a escribir en letra cursiva.
Algunos de ellos, como Clara, la chica de la foto, leyó el fragmento de un diario de un compañero. El suyo, nos dijo, era demasiado recargado como para hacer exhibición de él en público.
Calle en honor de Rumbo al Sur
La presentación de la placa dedicada a Rumbo al Sur fue una ceremonia breve y emotiva.
Los chavales mozambiqueños entonaron su himno nacional y tanto Madre Susana como luego el viceconsejero de Inmigración de la Comunidad de Madrid, Carlos Clemente (que en la foto lleva una capulana mozambiqueña y que se halla entre la propia Madre Susana y el director de cooperación, Percival Manglano) se lanzaron alabanzas y agradecimientos mutuos.
Mientras se desvelaba la placa, a los pocos minutos, una de las niñas me dijo: "Somos como ADCD, ya tenemos nuestra propia calle".
De ahí retornamos lentamente a la residencia que nos había servido de alojamiento la noche anterior.
En el camino me tropecé con Joana, una de las jóvenes expedicionarias madrileñas, que fue la encargada de decir unas palabras de agradecimiento durante la ceremonia que acababa de finalizar en nombre de sus 100 compañeros y que llevaba a una niña colgada sobre su pecho.
"La llevo subida desde ayer, no quiere bajarse", confesó sonriente. "¿Pesa mucho?, le pregunté. "Es como si llevara puesta la mochila" me dijo ella.
Al llegar, recogimos todo rápidamente y no subimos a los autobuses.
Madre Susuna nos despidió tal y como nos había recibido un día antes, al pie del autobús, sonriente y rodeada de niños.
Nuestra siguiente parada fue la residencia del embajador español en Maputo.
El embajador, Juan Manuel Molina Lamothe, de pelo cano y con más aire británico que latino, nos recibió a todos en la puerta y nos dio paso al jardín de la residencia.
Encuentro con Graça Machel
Teníamos prevista una recepción con Graça Machel, ex ministra de Educación de Mozambique, viuda de Samora Moisés Machel, el primer presidente del país africano tras la independencia (que murió en un misterioso accidente de avión en 1986 entre la frontera mozambiqueña y surafricana y cuyo rostro exhiben la mayoría de los billetes de su país), presidenta de The Community Development Foundation, una de las ONGs más importantes de Mozambique, premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional en 1998 (junto con otras cinco destacadas mujeres, incluida Rigoberta Menchú, la líder indígena guatemalteca) y actual mujer de la figura más reverenciada de África, Nelson Mandela.
No tuvimos que esperarla mucho. Machel, que venía de Suráfrica sólo para la ocasión y a quien la pasada semana entregaron un nuevo premio en Madrid, llegó puntual a la residencia del embajador español en un coche con chofer.
Vestía un vestido típico africano y enseguida se vio que estaba más que acostumbrada a lidiar con compromisos de ese tipo.
Fortalecer los lazos humanos
Tomó asiento junto al embajador y el consejero de cooperación de la Comunidad de Madrid.
En el césped y detrás de ella, se agolpaban expectantes los 100 chavales de Rumbo al Sur.
Después de las acostumbradas palabras de ensalzamiento por parte del embajador, que Machel intentó abreviar con sus gestos, la líder mozambiqueña dirigió unas palabras a todos los allí presentes.
Machel ensalzó la iniciativa de Rumbo al Sur, para ella "una aproximación más humana" que la que encierran los programas de cooperación o los proyectos bilaterales o multilaterales entre países, y abogó por fomentar ese tipo de encuentros, en los que se generan "oportunidades de crear empatía con las personas". 
La antigua ministra resumió bien el espíritu del viaje al decir que con Rumbo al Sur se acercaba Mozambique a España y España a Mozambique, y animó a los chavales a seguir fortaleciendo los lazos afectivos que habían establecido a su paso por el país.
"En el futuro", dijo Machel, "tal vez sean los mozambiqueños los que puedan ir a conocer España".
Al término de su intervención, en la que demostró dominar bien los recursos escénicos, hubo un turno de preguntas.
Esta vez los chavales se mostraron bastante más tímidos de lo que en ellos era habitual.
Uno le preguntó por los objetivos del Milenio.
Machel le dijo que más que hablar en términos de número de habitantes que viven con menos de un dólar al día, lo que habría que establecer son criterios más factibles y entendibles.
Por ejemplo, fijarse como objetivo la necesidad de que todos los mozambiqueños puedan disfrutar de tres comidas al día.
Otra de las expedicionarias le preguntó por el papel de la mujer en Mozambique.
Machel, que respondió que actualmente trabaja en un manifiesto con el que se exigirá a los políticos que incluyan un 50% de mujeres en las próximas elecciones provinciales de febrero de 2008, aseguró que en la actualidad un 34% de las parlamentarias mozambiqueñas son mujeres, al igual que entre un 20% y un 25% del equipo de Gobierno.
Machel partió luego tan rauda como vino, y nos dejó a todos degustando un arroz con langostinos y una paella que había preparado el cocinero del embajador en honor del grupo expedicionario.
Visitamos Naamacha
Al término del ágape la expedición volvió a dividirse en dos grupos.
Los 100 chavales y el equipo de Rumbo al Sur se dirigieron rumbo a Naamacha, el proyecto de cooperación en el que habían comenzado el viaje y en que ahora iban a finalizarlo.
Los periodistas nos fuimos al hotel a descansar un par de horas, que algunos aprovechamos para visitar uno de los mercadillos de Maputo.
Por la tarde, algunos de nosotros nos subimos al autobús y nos fuimos también a Naamacha.
La tarde prometía ser interesante, el viceconsejero de Inmigración, Carlos Clemente, quería tener la charla de cierre del viaje que había mantenido con los jóvenes el año anterior, y en la que se les preguntaba por su opinión del viaje y por posibles mejoras para años sucesivos.
Sin embargo, para cuando llegamos a Namacha ya era de noche y los expedicionarios estaban cenando, así que hubo que suspender el diálogo, que Clemente nos aseguró que tendrá lugar ya en Madrid.
Carmen, una de las luminarias del viaje
Aun así, la experiencia fue de las más enriquecedoras de todo el viaje.
Al llegar allí, nos recibió Carmen, una monja salesiana madrileña de espíritu volcánico que lleva en Mozambique más de media docena de años y que nos dio una vuelta por el colegio-internado de los Salesianos, que está siendo reformado con fondos, entre otros, de la Comunidad de Madrid. 
El colegio fue ocupado a mediados de los setenta por el FRELIMO, la guerrilla de inspiración marxista que luchó contra Portugal por la independencia de Mozambique, y que, una vez en el poder, en 1975, libró una dura guerra civil de 17 años con la RENAMO , de ideología contraria y respaldado por los gobiernos de Suráfrica y Zimbawe.
Una vez alcanzado el acuerdo de paz, en 1992, el colegio, en el que actualmente hay unos 500 alumnos escolarizados, les fue devuelto a las monjas salesianas.
Para entonces, el centro se encontraba prácticamente en ruinas, como pudimos comprobar al visitar, con Carmen y con la directora del colegio, una monja mozambiqueña que se mantenía en silencio tras nosotros, las numerosas dependencias que todavía no estaban reformadas.
Carmen nos enseñó las habitaciones de las internas, todas llenas de pequeñas camas hechas con una pulcritud admirable, y las instalaciones comunes.
Al ir hacia la cocina pasamos por una sala en la que un grupo de niñas y niños hacía cola frente a otra de las monjas que, sentada en una silla, les remendaba los uniformes.
Familias desestructuradas
Carmen nos dijo que la mayoría de los internos eran huérfanos o hijos de familias desestructuradas, con serios problemas, y que uno de sus objetivos era dar cabida también a niños con familias más estables pero con dificultades logísticas para poder asistir al colegio.
De esa forma, los menores en una situación emocional más precaria podrían experimentar situaciones familiares menos traumáticas.
Nuestra visita, a la luz de una linterna -había problemas con la electricidad-, nos llevó a también a las seis nuevas aulas que han sido financiadas con dinero madrileño.
Para llegar hasta allí cruzamos por el patio y vimos a los jóvenes de Rumbo al Sur arremolinados y cenando en sus útiles de plástico y metal.
Algunos de ellos ayudaron, a su paso por Naamacha a finales de agosto, a pintar parte del auditorio del colegio -los Salesianos tienen bastante tradición teatral que en Mozambique quieren prolongar-.
No tuvieron tiempo de acabar la obra, pero Carmen se mostró más que dispuesta a que regresaran en algún momento a terminar con lo que habían empezado.
Un país todavía ineducado
Mientras caminábamos de nuevo rumbo al autobús -la noche no daba desgraciadamente para más y lamentablemente debíamos volver a Maputo-, Carmen nos describió algunos de los grandes problemas a los que se enfrentan los pedagogos y los escolares mozambiqueños.
Yo le pregunté si había colegios para todos los mozambiqueños, habida cuenta de que es normal que las mujeres tengan cinco hijos de media, y ella me dijo que en los colegios públicos sólo se enseñan dos materias: portugués y matémáticas.
De esta forma, una misma aula puede acoger a un mayor número de niños en un único día.
En el caso del Colegio de los Salesianos de Naamacha, la educación primaria estaba concertada, lo que daba al Gobierno autoridad para nombrar a los profesores, y se estaba en trámite de hacer lo mismo con la secundaria.
Yo le pregunté si había tortas, como en las grandes ciudades españolas, por encontrar plaza en un centro que tenía visos de ser de mucha más calidad que los existentes en la zona.
En Mozambique todavía no hay conciencia de la importancia de la educación
El absentismo escolar es muy grande, generalmente debido a imposiciones familiares, y la formación de los profesores deja mucho que desear.
Como ejemplo, Carmen citó un cambio reciente del currículo escolar en todo el país, aprobado por las autoridades educativas antes de asegurarse de que existieran profesores cualificados para impartir las materias.
"El Gobierno", dijo Carmen, "proporciona formación durante años a algunos de ellos, pero luego son muchos los que mueren de sida, con lo que el esfuerzo es en balde".
A este respecto, la monja madrileña me aseguró que la mayor incidencia de sida en Mozambique se da entre los policías y los profesores, muchos de los cuales abusan sexualmente de sus alumnas, especialmente en los últimos años de secundaria, ante la pasividad de las autoridades y la indiferencia de las familias.
Conscientes de la enormidad de la tarea a la que se enfrentan Carmen y sus compañeras salesianas, que a pesar de las terribles circunstancias no muestran el menor desánimo y sí un optimismo verdaderamente desbordante y conmovedor, y de que con las prisas nos dejábamos en Naamacha muchas historias que merecían ser investigadas y contadas, nos subimos nuevamente al autobús y volvimos a Maputo.
Atrás, en el colegio de los Salesianos, dejamos al grueso de la expedición, con la que debíamos enlazar nuevamente a la mañana siguiente, ya en la frontera con Suazilandia.
(Podéis leer el relato del resto de los días, junto al artículo de Rumbo al Sur que publicó la edición impresa y otro aparte sobre la vacuna de la malaria, en "enlaces relacionados")


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