«No soy José Mari, soy Mohamed». El conductor del autobús responde así al móvil mientras atravesamos la calle Millán Astray. En unos segundos, el resumen de lo que la gente de la Península percibe de la Ciudad Autónoma: gran presencia de musulmanes y reminiscencias de la época preconstitucional. Pero Ceuta ofrece mucho más: en la ciudad conviven cuatro culturas: cristiana, musulmana, judía e hindú, todas integradas y con representación social, lo que da a la ciudad una riqueza étnica incomparable.
A tan sólo catorce kilómetros por mar del extremo sur de la Península, Ceuta es la puerta de entrada a África: un trozo de Europa ubicado en otro continente, al que se puede llegar por barco desde la localidad de Algeciras (Cádiz) o en helicóptero desde Málaga.
Murallas de leyenda
Rodeada de murallas, fortificada una y otra vez a través de los siglos, la ciudad conserva una imponente protección frente a las invasiones y cambios que sufrió en el pasado: desde Roma hasta el islam, de Napoleón a la descolonización del norte de África y la independencia de Marruecos.
Dos costas bañan la pequeña península de Ceuta, que disfruta del mar a ambos lados y una espectacular vista nocturna desde el Monte Hacho, antigua torre de vigía y base del Ejército. Al oeste, hacia la frontera, un tupido bosque separa la ciudad del suelo marroquí.
En el mercado conviven puestos de especias magrebíes con productos españoles. En la calle, las tiendas de artesanía marroquí y los bazares toman el mando. Y todo con precios sin IVA para visitantes con ganas de comprar.
De copas en un templo
Entre las murallas defensivas de la ciudad, justo encima del brazo que une el Mediterráneo con el Atlántico, encontramos un pequeño local llamado El Santuario. Cuentan los lugareños que a su inauguración fueron invitados todos los curas de la ciudad para ver si era un lugar pecaminoso. Y no es para menos: cada rincón del local está decorado con imágenes religiosas, especialmente la entrada al baño, a la que no le faltan velas, estampas ni reclinatorio. Pero en el local se peca con facilidad: pinchos de ternera, queso curado con aceite o tostas con foie incitan a la gula. Y no hay mejor penitencia que tomar unas copas en su terraza.


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