Era un sábado de la primavera de 2004, y la mujer, tras presentarse con su nombre y primer apellido, informó a Jiménez Arbe de que Telefónica aún tardaría unos días en liberar las líneas. La respuesta no se hizo esperar: "Eres una puta y una zorra y no sabes quién soy yo", contestó la voz al otro lado del teléfono.
No era ningún macarra; se expresaba perfectamente pero era muy frío y agresivo
Sonia recuerda que Jiménez Arbe le habló de la nave industrial que poseía en Pinto, la misma en la que la Policía se incautó durante un registro de moldes de escayola y máscaras de látex con las que deformaba su rostro para no ser reconocido en sus atracos.
Ella intentó dialogar con él de todas las maneras posibles, pero harta de recibir insultos y amenazas, optó por colgar el teléfono. La reacción de ‘El Solitario fue aún peor que al principio. Llamó unas 10 veces al servicio de atención al cliente para pedir el nombre y los dos apellidos de la teleoperadora, despotricando contra todo el que hablaba con él.
Pensó en denunciarlo por acoso
Insistió tanto en obtener su nombre completo que Sonia, asustada, optó por apuntar todos los datos del cliente "por si acaso". "No vivíamos lejos de Las Rozas (municipio madrileño donde residía ‘El Solitario') y pensé en ir a su calle para intentar verle la cara". "Incluso pensé en denunciarlo por acoso", añade.
Su nombre se me quedó grabado a fuego"
Ahora respira tranquila, pero reconoce que aún no se le ha quitado el susto del cuerpo. "Fue una experiencia muy desagradable".


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