Sin la majestuosidad de otras ediciones, en las que se llegó a rozar las 120 bandas, pero con el mismo entusiasmo de la audiencia y con una clara homogeneidad, en este caso un indiscutible talante metálico, el Festimad 2007 subió ayer el telón en el Estadio Butarque (Leganés).
La afluencia aproximada, que tuvo su momento álgido durante el concierto de Slayer, se estimó en 10.000 personas, pero al inicio de la jornada la presencia de fanáticos del rock ávidos de sensaciones fuertes fue más modesta.
Anathema fue, sin duda, la primera banda estelar del día. Los de Liverpool, con casi veinte años de bagaje, reivindicaron su faceta más melódica, introspectiva y tortuosa, y desde luego dieron en la diana.
Lejos quedan los años de sus primeras grabaciones, marcadas por el doom metal, pero es obvio que esta formación ha evolucionado correctamente, y pese a que el asistente más apasionado de la agresividad sonora no disfrutara del recital, lo cierto es que Anathema firmó el concierto más conmovedor de la primera jornada.
Aburridos Devil Driver
No se puede decir lo mismo, por desgracia, de Devil Driver, quien pecaron de monolíticos y de aburridos, algo por otra parte constante en sus álbumes. Los californianos cuentan como gran baza con su frontman, ex componente de Coal Chamber, pero sus alaridos guturales y su indiscutible visceralidad escénica no pudieron disimular una formación endeble y un repertorio mucho más aparatoso que brillante.
Slayer, en cambio, jamás defraudan. Y ése es el principal aval de este grupo. Pueden gustar o no, pueden resultar más o menos limitados musicalmente o inmovilistas estilísticamente, pero cuando pisan un escenario se desata la locura. Y ayer, pese a incómodos y reiterados parones que restaron un poco de fluidez, no fue la excepción.
Tom Araya y Kerry King, que se conservan tan bien que dan la sensación de ser una especie de fósiles del averno, provocaron el delirio con un concierto de thrash metal aplastante, impecablemente ejecutado y con una riqueza, relativa, de matices en las guitarras que sorprendieron muy gratamente a la parroquia.
Los temas más clásicos de la banda (incendiaria Raining Blood) se fusionaron a la perfección con composiciones más modernas y desconocidas para desembocar con un bis en el que South Of Heaven, abrasiva, convirtió Leganés durante unos minutos en la morada de Lucifer y a la audiencia del Festimad en una legión de seguidores desbordada por la emoción y la felicidad de comprobar que Slayer siguen ahí, a lo suyo, ajenos a las modas, y desde luego manteniendo un notabilísimo nivel.

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