Pero el mayor revolcón se lo dio Josep María Pou, con tres reconocimientos. «Igual mientras hablo ahora ya me están dando otro premio», bromeó al recibir el primero. Pou se llevó el Max al Mejor Espectáculo de Teatro, el de la Mejor Adaptación Teatral y el del Mejor Director en Escena. Todo por su obra, La cabra o quién es Sylvia?. La gala mimó a la danza, «la hermana pequeña del teatro», según lamentaba Julio Bocca. Él se llevó el Premio Hispanoamericano de las Artes Escénicas, en el año de su retirada. Como de baile iba el evento, el público vio tutús irónicos en un coche teledirigido o un erótico Igor Yebra lubricándose con aceites y plumas.
Y, ¡ay si no fuera por los atrevidos! Fue una gala típica pero muy mejorada por la osadía de ciertos premiados. Como la de Arrabal. «Señora ministra, la veo yo muy republicana», vaciló en el escenario. Carmen Calvo llevaba un vestido con los tres colores de la bandera republicana y el artista no pudo contenerse. Y siguió: «Sí, sí, sí... ¡Me merezco este premio!». En las butacas, desde La Otxoa a Iñaki Azkuna, pasando por Carmen Sevilla. El alcalde bromeó: «Julio Bocca, vuelve cuando te cortes la melena».
«Azkuna, una, una: todos a una», le gritaron un colectivo de actores bilbaínos que protestaron. Repartieron sus Premios Estrella. El Arriaga se llevó el Galardón al Teatro más Inaccesible para artistas locales. Competía con la ópera de París y el Teatro Municipal de Springfield.

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