Fábula infantil, lección de historia o manifiesto político, cualquiera de los términos describen el nuevo álbum de Ry Cooder, My Name is Buddy, una obra que habla de solidaridad, obreros y un gato rojo.
Ni tan siquiera está muy claro lo que es: ¿un nuevo CD de este guitarrista y musicólogo californiano que el 15 de marzo cumple 60 años o un cuento infantil ilustrado por su amigo Vincent Valdez al que pone su voz, sus ideas y su música?
Tanto la música como las ilustraciones son igual de importantes para un autor como los que ya no quedan, al que le da urticaria la mención del i-Pod y que se niega a vender su música en internet.
My Name is Buddy es la crónica de un gato rojo -"que nace rojo y se hace rojo", aclara- en su recorrido por los Estados Unidos de la Gran Depresión económica.
También es una mirada en tono de fábula a ese periodo en la historia en la que se hablaba de "trabajadores, de sindicatos, de manifestaciones, de las actividades que nos aunaban", explica.
"Todo eso ha desaparecido. Del todo", musita preocupado por el estado de las cosas en su país, donde en lugar de "ciudadanos" hay "consumidores" y en el Gobierno hay "un payaso a la cabeza".
El Gobierno ha robado dos elecciones en nuestras narices y nos ha llevado a grandes problemas"
De ahí su deseo de educar, convencer, transmitir y comunicar una lección de historia y solidaridad mediante un álbum que nació tras ver el obituario de un gato rojo llamado Buddy y que se ha hecho realidad gracias al apoyo de sus amigos, leyendas como el octogenario Pete Seeger y su hermano Mike, el acordeonista Flaco Jiménez o el líder de los Chieftains, Paddy Moloney.
Porque aunque escritas desde la rabia, los temas de Cooder nacen en la esperanza de que una canción puede cambiar el mundo.
"Pete Seeger me dijo que la música es todavía uno de los mejores puentes que tenemos", recuerda Cooder.
También existe en sus palabras otro tipo de urgencia, la de un medio que desaparece como es la música.
"Las compañías discográficas luchan por sobrevivir", subraya de una crisis que le preocupa no tanto por él sino por su hijo, el batería Joachim Cooder, y por el vacío que dejará un mundo sin discos, sólo con ese sonido "degradante, empequeñecedor y que convierte todo en basura", que es en su opinión internet.


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