No llevan bolso ni botas de tacón, pero se venden en la vía pública. Empiezan a llegar a las seis de la mañana a la glorieta de Atocha y a la plaza Elíptica. Les delata la mochila a la espalda con el mono y la tartera. Son más de 200 sin papeles que ofrecen en la calle su mano de obra barata.
Nico, rumano de 29 años, es uno de ellos. Cuando se queda sin trabajo acude a Atocha a esperar que lo contrate un pistolero. En la jerga de la construcción, pistoleros son, según Francisco Martínez, de UGT, los enviados de las subcontratas a reclutar obreros para que trabajen en condiciones de semiesclavitud. Podrían deber su apodo a que se les suponen tan pocos escrúpulos como a los pistoleros de las mafias del crimen.
«Llevo una semana yendo a Toledo a hacer chalés», cuenta Nico, a las 6.30 h junto a la cafetería El Diamante. Enfrente comienzan a aglomerarse jornaleros de la construcción que cuando aparca una furgoneta se arremolinan como los buitres a la comida.
«Eso es explotación»
Comienza la pugna. Ellos ofrecen sus especialidades: yesería, ladrillo... y los pistoleros, que tienen ayudantes que escogen a los mejores, eligen a los obreros que devolverán a Atocha al anochecer con 50 euros por diez horas de trabajo. «Eso, si les pagan», dice Martínez. Por su despacho pasan a diario 20 inmigrantes a quienes no han pagado tras mes y medio de trabajo. «Eso es explotación», define.
En la plaza Elíptica, la mayoría de los que esperan a un pistolero son bolivianos. Ellos son los que peor cobran sus peonadas. «Todo un día de trabajo por 35 euros», dicen. La Policía no actúa, ni siquiera para multar a los vehículos mal estacionados.
El Ministerio de Trabajo afirma desconocer la situación, dice que no puede actuar de oficio y espera denuncias de sindicatos u ONG. «Eso es tráfico de mano de obra y está castigado penalmente», recuerdan.
Traficando con hombres
Antoine M. tiene 29 años, es senegalés y denuncia que un compatriota suyo se lucra traficando con hombres. Ésta es su historia: Llegó de Almería hace un par de meses a Alcalá de Henares. Tiene sus papeles en regla. Un amigo suyo lo puso en contacto con un compatriota que tiene a su cargo a una veintena de africanos que coloca en obras a cambio de una comisión.
Antoine firmó un contrato de ferrallero. Trabajó en dos colegios en Coslada y Méndez Álvaro y en chalés de Arroyomolinos. Ahora lo han echado de la obra y su compatriota se niega a pagarle.

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