Y sí, tiene algo de ensoñación el paseo por el jardín, desde la entrada guarecida por dos leones, hasta el diminuto templete dórico que guarda la capilla de San Jorge, donde no se cabe cuando se celebra el funeral de alguien conocido, como Marjorie Grice Hutchinson, el último personaje notable que fue enterrado allí, y que escribió la historia del cementerio.
Hutchinson, ilustre economista, contaba que el Cementerio Inglés fue el sueño de William Mark, cónsul británico en Málaga, quien, al descubrir que los protestantes eran enterrados de cualquier modo en la orilla del mar, emprendió la batalla para lograr, en 1929, que la ciudad cediera una finca (en la actual avenida de Príes) donde dar digna sepultura a sus compatriotas anglicanos. Dos años más tarde, se enterraba allí a Robert Boyd, soldado inglés fusilado por participar en la sublevación liberal de Torrijos. Con el tiempo llegó gente aún más liberal, como Gerald Brenan, rebotado desde la Facultad de Medicina de Málaga, a la que había donado su cadáver.
Pero la historia más hermosa del cementerio la escuché de quien fue su jardinero durante décadas: me llevó ante una maceta donde había una planta extraña; me dijo que ya estaba allí cuando él llegó, que una vez al año daba una flor blanca, la más hermosa que pudiera imaginarse. Y que cada año la cortaba nada más abrirse y se la llevaba a su mujer. Hace algún tiempo volví a charlar con él. Ya no estaba. ¿Quién robará la flor ahora para llevársela a qué amor?
... Y las anteriores, en



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