Hace un par de años, esta mujer con cara aniñada y ojos muy azules había sufrido un episodio fóbico hacia los trenes. Llegó sin avisar, mientras circulaba en un Cercanías. Al tomar una curva el convoy, Cristina Romero Sánchez (34 años) fue asaltada por un miedo irracional que la hizo sentirse como potencial víctima de un difuso peligro. Durante un tiempo, tuvo aprensión a salir de casa, vislumbrando que algo muy malo la esperaba allí fuera.
–Yo le aconsejaba que sacase el carné de conducir, porque iría más cómoda a trabajar, pero se negaba por temor a un accidente de tráfico. Ahora no dejo de pensar en que estaría viva si me hubiese hecho caso –dice su hermana mayor, Susana (38).
Cristina había superado aquel miedo y volvía a usar el tren casi a diario, aunque a veces prefería el autobús, para trasladarse desde la Villa de Vallecas hasta los municipios del sur de Madrid, donde atendía a siete ancianos a los que aseaba, ayudaba a hacer la compra y hacía compañía. Tres meses antes del 11-M había sido contratada como auxiliar de asistencia a domicilio por una empresa privada de servicios geriátricos, una labor que prefería al trabajo en residencias, porque le parecía más efectiva.
El miedo temporal que había sufrido Cristina crece ahora en el corazón de Susana, que todavía no es capaz de digerir “algo tan atroz”. Teme por sus tres hijos, los sobrinos a quienes adoraba la hermana, que ahora están “como bloqueados”, y no soporta seguir viendo en la televisión las imágenes del tren reventado frente a la calle Téllez.
–Es brutal ver tantas veces lo mismo: esos vagones tapados con lonas y saber que dentro está ella. También está indignada porque el Gobierno y los servicios de Inteligencia “no hicieron nada para evitar los atentados” a pesar de que España “estaba metida en una guerra”. Le chocó en especial el “enorme esfuerzo” de seguridad desplegado durante la boda del Príncipe Felipe.
–Cristina era la primera en oponerse a la guerra de Irak. Me gustaría ver cara a cara a quienes han cometido esto y preguntarles qué han conseguido. No me vale lo de sus muertos por los nuestros. Si llegan a ir a por Aznar no hubiese dolido tanto. Una de las escasas pertenencias de Cristina que encontró la familia entre los objetos que quedaron en los trenes fue una foto, prodigiosamente intacta, de su novio desde hace seis años, Víctor.
La pareja trabajaba duro y destinaba todos los ahorros al pago del piso en construcción que ya habían apalabrado. Como era tanta la ilusión que tenían en casarse y vivir juntos por sus propios medios, Susana le había dicho a la hermana que no gastase dinero en regalos de Reyes para los sobrinos. Cristina no quedó tranquila y, siguiendo los consejos de un adivino televisivo, escribió un deseo en un papel que escondió en un lugar secreto. Susana sabe ahora cuál era el deseo de su hermana:
–Pedía que le tocase la lotería para poder regalar algo a mis hijos.


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