Teresa Tudanca Hernández (49 años) sabía de mucho y no presumía de nada. Porque era demasiado exigente consigo misma, quizá debiera estar aquí pasar saber cuánto se la quería. Ha dejado por hacer, pero quienes la conocieron no dudan cuando se les pide que afronten la tarea injusta y fragmentaria de ceñirse a un solo adjetivo para hablar de ella:
–Era perfecta. Emanaba luz.
Su amiga del alma, que no quiere ver publicado su nombre (porque, asegura, “no hace falta”), la conocía desde los seis años. Ambas cumplieron quince en 1969, cuando a España llegó, con retraso pero intensidad, el aroma a revolución en el aire que permitía adivinar un futuro bajo el alcanfor.
–Creíamos en muchas cosas. Mis hijas se ríen de mi cuando recuerdo a John Lennon, pero ¡ah, creíamos en tantas cosas!. Se nos notaba que éramos quienes éramos, dice. El año pasado, Teresa y su amiga sin nombre fueron a una reunión de antiguas alumnas del colegio. Se juntaron 33 mujeres de cuarenta y tantos. Camino de la celebración, temían el desengaño de vérselas con desconocidas, de que nada quedase del sueño.
–Pero no, ¡qué va! Ni una maruja, ninguna. Nosotras somos más chicas Almodóvar que otra cosa.
Sabíamos que éramos raras y fue una maravillosa sorpresa constatar que seguíamos siéndolo. En su trabajo, la central madrileña de la Banca Nazionale del Lavoro, hay una silla vacía. Teresa era la responsable de la Secretaría Legal y compartía despacho con Miriam Costoso (37), que todavía tiene la mirada hundida de los miles de personas que, pese a no ir en los trenes del 11-M, han resultados lesionados. A Miriam se le cae el mundo a los pies cada mañana laboral cuando tiene que encender la luz de la oficina, algo que hacía Teresa, siempre la primera a la hora de fichar.
–Llevamos quince años juntas y nunca me trató como la jefa típica. Era exigente, pero no mandona, sino muy suave. A lo mejor me pegaba un cachetazo y me llamaba “bruta” o me decía: “¡hazte un saco de puñetas!”, pero lo hacía de manera que nunca sentaba mal. Pienso en ella continuamente, no puedo olvidarla. Pero el trabajo era solo una porción de Teresa.
Su casa de Alcalá de Henares era la sede de la más boyante de las empresas en ex pasión, ella misma. Allí se dedicaba a la cerámica y los esmaltes, a polinizar kiwis y aliñar olivas, a preparar patés y mermeladas, a escuchar música y leer, a recordar los viajes realizados (al Amazonas, por ejemplo, fuera de paquetes y operadores turísticos) y anhelar los por realizar.
Era una mujer con recursos, una de esas personas que al futuro no le ponen puertas. En su trabajo corrían tiempos de ajustes laborales. Si algo drástico sucedía con el curre, decía a sus amigos, se metería a viticultora. Nadie lo ponía en duda: sabía de vides y vinos tanto como un profesional. Todo le interesaba. Teresa tenía karma para cualquier cosa. Nada de resignación. Todavía creía en lo que se debe creer: las utopías, la vida, la curiosidad, las caricias del amanecer, los amigos... Para la vejez tenía en mente, con sus mejores colegas, montar una comuna. Lo habían hablado largo y tendido: una gran casa, quizá cerca del mar, con un patio común y una estructura jurídico-mercantil de comunidad de bienes.
–Queríamos envejecer juntas, no rodeadas de extraños. Ahora no me hago a la idea de que tendré que envejecer sin ella, dice su amiga, tan amiga que ni siquiera hace falta decir su nombre.


El Deportivo de la Coruña gana al Huesca y asciende a Primera División
Disparos al aire para detener a un mantero en Lavapiés
Michael Haneke gana la Palma de Oro del Festival de Cannes con 'Amour'
Krahe es juzgado hoy por 'cómo cocinar a un Cristo'
Iker Casillas cuelga una foto de Carbonero de bebé y pregunta: "¿Quién es este bichito?"
Núñez Feijóo afirma que "darle comida y hacerle la cama a un paciente no es Sanidad"
Crece la condena internacional a la masacre en Hula
Las redes sociales comienzan a ganar la partida al currículum vitae



¡Sé el primero en hacerlo!