Livia Bogdan y Juan Muñoz Lara: Las preguntas de los Bogdan

Livia y Juan
Livia y Juan en San Agustín de Guadalix, el fin de semana anterior al 11-M. (20minutos)
  • Livia Bogdan y Juan Muñoz Lara. 27 y 32 años. Ella era niñera y él técnico en redes. Planeaban vivir juntos. Están enterrados a 4.000 kilómetros uno del otro. Ella, en Rimnicu Sarat (Rumanía). Él, en Guadalcázar (Córdoba).
  • “Todavía no sabemos cómo y dónde murió nuestra hija. Nadie nos ha dicho nada”, Liviu, padre de Livia.

Elena Bogdan (49 años) va a la estación de Atocha tres veces a la semana. No sabe a qué va, pero sigue yendo. Si no puede trasladarse a Madrid, se conforma con subirse a una tapia en Coslada y asoma la mirada a las vías del otro lado. También allí pregunta:

–¿En qué piedra pudo caer mi hija?

Su marido, Liviu Bogdan (50) –grande, con barba y algunas piezas dentales laminadas en oro–, indaga al modo de los hombres silenciosos y trabajadores: perdido en la monstruosa estepa de las noches. Desde el 11-M no pega ojo. Las preguntas también le acosan: ¿cómo murió?, ¿por qué?, ¿pudieron salvarla?, ¿dijo algo antes de morir?...

–La cabeza es como un motor, dice en el castellano exacto de los ciudadanos de Coslada, esa comarca rumana.

Estamos en el cuarto de Livia (27) y nada ha sido tocado: un botellón de Sprite a medio beber; el aparador de los discos compactos sellado con cinta adhesiva, para que nadie turbe el orden en que los mantenía su dueña; la copia de “El padre Manolo”, la película que le había regalado a su madre, entusiasta de las coplas de Manolo Escobar; la procesión de cajas de zapatos; las prendas de vestir que Elena saca del armario con turbadora diligencia, una a una...

–Una chaqueta, otra... Una blusa... Este pantalón... No quiero desprenderme de nada, tocar nada. Si regreso a Rumanía, voy a hacer una habitación y tendré todas sus cosas así, igualito a como las dejó Livia. Los padres, buscando realidad, quieren conocer el desarrollo de los minutos finales. Saben que Livia tomó el tren de las 7:10, pero no dónde la sorprendieron las explosiones.

Alguien les ha contado que la vieron salir de un vagón en la calle Téllez por su propio pie, andar diez metros y caerse desplomada a las vías, pero no han podido corroborarlo. No les basta el dictamen forense, politraumatismo y parada cardio respiratoria.

Elena muestra una foto del cadáver en el ataúd:

–Ni un rasguño. Tan entera y tan guapa. Parece Blancanieves...

Con Livia murió también su príncipe, Juan Muñoz Lara (32), con quien planeaba una vida en común. La noche anterior, él había cenado en casa de los Bogdan. Livia se había esmerado con el menú: gambas, calamares, pescado a la plancha y natillas. Se les hizo tarde viendo el fútbol y la familia invitó a Juan, que vivía en Madrid, a quedarse a dormir. “Así volvemos juntos mañana en el tren”, dijo Livia.

–Estaba tan contenta... Le gustaba Juan y planeaban irse a vivir juntos a la casa de él en San Agustín de Guadalix, explica la madre.

Vestida de un negro riguroso que subraya aún más sus ojos azul pálido, no le alcanza el diccionario para hablar de su Livia –gemela de la otra hija, Elena, y hermana de Daniel, un año mayor–, de su bibiluta, cosita, como la llamaba cuando era bebé: cómo regalaba sus juguetes a otros niños; cómo quería a los dos críos españoles a los que cuidaba como niñera a tiempo completo por 540 euros al mes; de su ilusión por Juan (“un chico igual que nosotros, no de clase alta, una persona que no nos veía como extranjeros”)...

Pero regresan las preguntas para interrumpir. Todo son preguntas. Tantas que parecen reventar como flores en medio del pecho, que Elena hace ademán de desgarrarse con las manos, como si ya no hubiese dedos sino bisturís. Toma una de las muchas fotos de la hija muerta que pueblan la casa y deja, aún sabiendo que no hay respuesta, que las preguntas broten:

–¿Qué quieres, Livia?, ¿qué quieres decirme?

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