Cuando era un niño, a Florencio Brasero Murga lo llevó su padre a ver el mar. En aquel entonces, sin autovías ni trenes rápidos, ir de Madrid a la orilla del Mediterráneo todavía era un viaje como todos debieran serlo: un regreso al tiempo en que los humanos éramos nómadas con hambre de horizonte. Medio siglo después, con la intensidad que sólo tienen los tímidos para que los recuerdos no languidezcan, Florencio seguía guardando en su interior una imagen mítica del primer encuentro con el mundo acuático.
Sabía que el cielo no existe porque ya tenemos el mar como paraíso.
–En el mar era feliz. Paseaba por la playa durante horas, se tumbaba en la arena, nadaba hasta las boyas. El Mediterráneo era como su casa. Conchi De Cos Viaña (46 años), la mujer de Florencio, llora cuando recuerda su último cumpleaños, el 11-M.
A partir de ahora, ese día, que hemos reducido a siglas con una gran eme de muerte, Conchi celebrará también otro aniversario: la muerte de su marido, el hombre “callado pero íntegro” que pocas veces exteriorizaba los sentimientos. Aquella mañana, él se levantó antes, le dio un beso (¿cuántos besos finales se dieron ese día en la zona oriental de Madrid?), le deseó felicidades y le entregó el regalo: una pulsera de oro que nunca más se quitará de la muñeca derecha.
Antes de salir de casa, en una urbanización de Rivas con un callejero cargado de versos (Violeta Parra, Blas de Otero, Antonio Machado), Florencio (50) tuvo que llamar tres veces a la hija mayor, Laura (19), que estaba dormilona porque había estudiado hasta tarde para los exámenes de Gestión Comercial.
–Suerte, hija. Hasta luego.
A Laura, que aún tiene los ojos nocturnos, pero de muchas lágrimas retenidas, la llamaron así por Lady Laura, una canción del baladista Roberto Carlos que ponían mucho en la discoteca Long Play, donde Florencio y Conchi se conocieron en 1979.
Ella no hizo caso de la advertencia de la chica del guardarropa: “Ten cuidado, que aquí hay muchos casados”. Sabía que con Florito no había doble juego. Le gustaron su dignidad, sus pocas pero justas palabras, la tranquilidad de los gestos... En febrero cumplieron veinte años de matrimonio. Él soñaba con una jubilación anticipada en la empresa de neumáticos en la que trabajaba desde hace un cuarto de siglo para llevarse a Conchi a conocer mundo.
Los dos hijos estaban ya crecidos –el benjamín, Alberto, tiene 15 años–, el piso estaba pagado y recién reformado y era el momento de vivir sin pensar más que en ellos dos. Y en el Real Madrid, claro, porque Florencio, merengue sin vacilaciones, era presidente de peña, fan incansable y socio cotizante del club de fútbol de sus amores. Cuando tuvo que reconocer el cadaver de su marido, Conchi pidió hacerlo dos veces, porque no quería creer.
Ahora, aunque ha empezado a dormir mal y a sentir que las mañanas se le caen encima como murallas, se sorprende de su integridad:
–Si quieres que te diga la verdad, no siento nada. Creo que va a aparecer por esa puerta, creo que llegará de un momento a otro. No me derrumbé ni me voy a derrumbar. Seguiré entera porque él lo merecía. Estoy muy orgullosa de haber sido su mujer. Ocho días después de los atentados, la familia Brasero celebró un Día del Padre que completa un círculo perfecto. Llevaron las cenizas de Florencio al espigón de la playa de Santa Pola, en Alicante, y las ventearon en el Mediterráneo.
El mar, que nunca olvida, admitió sin protestar los restos del hombre que seguía siendo el mismo niño boquiabierto de hace medio siglo.


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