La ausencia tiene estas cosas: te sientes expulsado de ti mismo y ni siquiera eres capaz de recordar el trance que te ha dejado así, fuera del mundo.
Tras el funeral, Pedro José (40 años) llegó a casa rendido, se tiró en el sofá y, con la naturalidad del hábito, echó mano al teléfono. Pensaba: “Voy a llamar a mi manita, estará cansada de tanto beso y tanto abrazo”. Al cabo de uno de esos segundos que parecen haberse escapado del reloj para convertirse en un tiempo distinto, Pedro José recordó a quién pretendía llamar: Anabel Ávila Jiménez (43), su única hermana, su manita, la difunta a quien estaba dedicado el oficio fúnebre del que acababa de llegar.
El hermano que se siente huérfano (“ella era mi madre, mi compañera, mi confidente, mi mejor amiga, la persona que más quería en el mundo”) encuentra a Anabel allá donde mire: en la canción de Whitney Houston que escuchó en el coche, en las entradas pendientes para ver a Luis Miguel, al que ella veneraba como al Rey Sol del Bolero... Hay incluso un bolero que, para Pedro José, habla de Anabel: el mundo parece distinto cuando no estás junto a mí.
–¿Por qué?, ¿por qué?, ¿dónde está Anabel?, se pregunta ahora, consciente pero desconcertado, como recién salido de un letargo. No sólo él está así, alelado y vacío (“cojo”, resume en jerga profesional, porque fue futbolista y ahora trabaja de masajista y estudia Osteopatía).
A toda la familia de Anabel alcanzó la metralla: los padres, Pedro y Ana, que viven en Murcia, lo llevan mal y están delicados de salud; el marido, Ricardo Alguacil, buen corredor de maratón, se ha quedado sin la mujer de su vida; la cuñada, Helena, ya no sabe quién será la madrina del niño que nacerá en agosto y al que Anabel llamaba “mi Alejandro”, haciendo también suyo al bebé. Pero es el hermano quien rastrea la vida de Anabel.
Siente algo parecido a la culpabilidad por “no saber tanto de ella como ella sabía de mí” y, como un detective, se dedica a indagar. Fue a ver a las compañeras de trabajo en la escuela pre infantil, habló con las amigas, revisó papeles, incluso las confesiones triviales en el diario que ahora parecen tan hondas: “hoy sólo hice media hora de bicicleta estática, no me encuentro bien”.
–Necesitaba saber más de ella. Sobre todo, si era feliz. He llegado a la conclusión de que lo era plenamente. Todo sonrisas y energía positiva, loca por el color violeta, sincera y directa, enemiga natural de la violencia (“abría la ventana para que las moscas fuesen libres”), Anabel estaba acatarrada el 11-M. Su marido le aconsejó quedarse en casa, en Leganés, pero ella, la “seriedad personificada”, fue en tren hasta Atocha para tomar allí otro convoy que la llevase a la estación de Nuevos Ministerios.
El Cercanías que esperaba venía cargado de explosivos. Tras retirarse del atletismo de competición, Ricardo, el marido de Anabel, tomó en sus manos la representación de varios atletas marroquíes, esos mediofondistas con piernas ligeras de gacela. Como eran gente sin demasiados recursos, cuando competían en España, dormían en casa del matrimonio.
Anabel entró así en contacto con la cultura y los pueblos árabes. Había viajado a todos los países de la otra orilla del Mediterráneo, era amiga del director de Museo del Cairo e íntima de algunos profesores universitarios especializados en islamismo.
–Amaba a los árabes, se sentía atraída por esa gente y algunos de ellos le quitaron la vida. No entiendo nada, dice Pedro José, el hermano que encuentra a Anabel en todas partes.


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