Un estudio de Sos Racismo, que será presentado próximamente, lo ha puesto a las claras. Consistió en lo siguiente: un autóctono entraba a una inmobiliaria bilbaína buscando alquiler. El agente inmobiliario le ofrecía varios. Después entraba un inmigrante: no había pisos para él en el 80% de ocasiones. Idéntica discriminación ocurre cuando inmigrante y autóctono llamaban por teléfono en respuesta a un anuncio aparecido en prensa o Internet.
La cuestión inmobiliaria es un bastión del racismo. El mestizaje rinde en los vídeoclips de la MTV, pero no en casa. El rechazo va de los prejuicios a la xenofobia rampante. «A veces los dueños creen que los extranjeros no tienen dinero para pagar e improvisan una excusa. Otros directamente no quieren a inmigrantes en su piso y les echan», explica Miguel Ángel Navarro, coordinardor del estudio de Sos Racismo.
Ante este percal, la ONG Cear ayuda a los inmigrantes a buscar piso. Su servicio de vivienda media entre éstos y los propietarios.
Este programa atendió en 2006 a 225 inmigrantes con ingresos estables. Cear les acompaña a ver pisos, llama por ellos a inmobiliarias y convence a los dueños. A éstos les ofrece un seguimiento tras la firma del contrato para que las condiciones las cumplan ambas partes.
Como el servicio comenzó en 2003, Cear ya tiene contacto con algunas inmobiliarias que, al contrario que otras, no rechazan de pleno trabajar con inmigrantes.
Ni la Luna es suficiente
«Exijo un contrato», dice el propietario. «Aquí lo tiene», responde el inmigrante. «Pues también quiero un aval bancario». El extranjero mueve Roma con Santiago, y lo consigue. «Vale; era una excusa. No quiero alquilártelo», admite el dueño. Las exigencias y excusas para inmigrantes son múltiples y fatigosas. Eso sí, otros anuncios lo dejan claro desde el principio. En la web loquo.com encontramos: «Piso en Casco Viejo. 4 habitaciones. 130 m2. 1.500 euros. No extranjeros».
Silania Alves. Inmigrante brasileña
«¿Qué más quieren, que renazca para ser vasca?»
«Tenía papeles, contrato, dinero, aval bancario... todo. Y aún así, me decían que no me alquilaban la casa. Pero, ¿qué más querían, que volviera a nacer aquí para ser vasca?».
Silania Alves es brasileña y lleva ocho años en Bilbao. Es risueña y claro, se ríe cuando cuenta su odisea para buscar piso de alquiler. Pero no son broma los ocho meses que le costó encontrarlo.
«Todos los días llamaba. Muchas veces todo iba bien. Les decía que tenía trabajo y ellos: sí, sí... muy bien. Pero luego se me escapaba por teléfono un acentito y ya no. Todo cambiaba. Ya no me lo podían alquilar».
Se ríe: «Incluso una señora me dijo que sólo me alquilaba si venía mi jefe para verme firmar. ¡Por favor!». Pero la señora «no era racista, no», aseguraba a Silania. También otra vez, cuando todo estaba arreglado, ella quedó para firmar, pero el propietario no se presentó.
A los ocho meses logró un alquiler con picaresca. Una amiga vasca hizo todas las llamadas y gestiones. Pero el día de firmar apareció Silania. «Y, ya no pudo decir que no. Ja».
Ha aprendido. A ella no le pillan en otra embolada. Lo que ha hecho es alquilarle una habitación a un amigo autóctono. Solucionado. «Ahora, si algo se rompe en el portal, fue la brasileña del tercero. Si hay un ruido, tocan a mi puerta», concluye.
BIO
Silania Alves nació hace 29 años en Brasil. En la foto aparece delante de una de las inmobiliarias que le rechazó. Trabaja de cocinera en un restaurante de Bilbao.


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