Es el caso de Gabriel, que hace cuatro años dejó todo en su ciudad natal, Cimpulung-Arges, en el centro del país, para venir a Bilbao a la llamada de un amigo que le ofrecía trabajo en la construcción. «El trabajo me duró seis meses y luego me resultó muy difícil encontrar uno», explica.
El rechazo por ser inmigrante y no tener papeles le dificultó entonces un poco las cosas. «Cuando llegué sí que noté cierta desconfianza, pero luego la gente me ha tratado muy bien aquí».
En Rumanía era chapista, pero la imposibilidad de homologar el título le obligó a seguir en la obra. «Por lo menos pude traerme a mi mujer y a mi hija». Ahora, su esposa trabaja como asistenta en dos casas y su hija se ha integrado perfectamente en el colegio. «En dos años creo que podrá enseñarme a hablar euskera», comenta orgulloso.
Aunque ahora no está trabajando, se ha volcado en su labor en la asociación de rumanos de Euskadi, Cárpatos, que le quita mucho tiempo. Allí asesoran a los recién llegados y tratan de ayudarles. «Es una ayuda que yo cuando llegué no tenía, y me hubiera venido muy bien».


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