Siempre me suelo negar, porque me cuesta salir de mi entorno y tengo mucho trabajo. Pero he hecho una excepción porque me apetecía mucho ver la escuela. Y, además, todo bailarín y alumno necesita siempre el cuidado, el mimo y aprender de otros profesores.
¿Qué futuro les espera a estos alumnos con tan pocas compañías?
Tienen que luchar por ser buenos para trabajar en las mejores compañías. Por eso estoy aquí, para ayudarles.
¿Y qué le aporta a usted una experiencia como ésta?
Sobre todo, hacer felices a los niños, porque para ellos es una ilusión tomar clase con un maestro.
Con toda su trayectoria, ¿todavía mantiene la ilusión?
Claro. Soy una persona muy ilusionada, que me ilusiono con muchas cosas, mi vida está llena de motivaciones.
¿Incluso ahora, fuera del escenario?
Sí, el baile es mi vida y ahora soy tan feliz como pude ser cuando bailaba.
Además, le suelen acompañar los éxitos, pese a los riesgos que asume en ocasiones. ¿No teme un revés?
No. Cuando uno quiere hacer algo que le gusta y está convencido de que va a ser un éxito, hay que hacerlo. Todo es un riesgo, pero los riesgos son necesarios para que la danza evolucione.
Y el público, ¿ha evolucionado también?, ¿cómo ha recibido su último espectáculo, el robótico Coppelia?
Ha sido un éxito. Hay gente que vino contrariada y se llevó una sorpresa.
¿Cree que el público español ya asume la danza al nivel del teatro o el cine?
Las personas que la van a ver, sí, pero hay mucha gente que no ha ido nunca. Y pasarlo bien con la danza es impagable. La gente tendría que verla por obligación, para adquirir energías positivas.
BIO
Nació en Zaragoza hace 59 años. Dirige su propia compañía, en la que crea coreografías y dirige espectáculos. Su hijo es bailarín y actor de musicales.


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