Isabel Coixet: "Soy como la orquesta del Titanic, tocaré hasta que esto se hunda del todo"

Isabel Coixet
Isabel Coixet entre Candela Peña y Javier Cámara, protagonistas de su película 'Ayer no termina nunca'. (Sven Hoppe / EPA / EFE)
  • La cineasta estrena 'Ayer no termina nunca', una de sus obras más arriesgadas.
  • Coixet habla del amor, de la crisis, de la desesperación y del cine.
  • "Los que han vivido por encima de sus posibilidades son Bárcenas y compañía, no nosotros", asegura.

Con ella no hay medias tintas: o amas su cine... o lo odias. Y su última película, Ayer no termina nunca, no contribuye precisamente a apagar el debate: casi dos horas de reproches y heridas entre dos personajes, encarnados por Javier Cámara y Candela Peña, en un futuro deprimente y, por desgracia, muy familiar.

¿Cómo surge la película?
Por tres patas... La primera es una obra de teatro, Gif, de Lot Vekemans. La segunda es la historia real de dos personas, Jaime y Cristina, a las que dedico la película. Y la tercera es todo lo que vivimos cada día, lo que respiramos, la precariedad, el exilio, la falta de oportunidades... Es una película que yo ya he visto, llena de diálogos que he oído en primera persona.

Hay también un drama en la película...
Sí. Como te decía, le dedico la película a Cristina, una amiga mía que perdió a su hijo. Me tocó ser la persona que le contara lo que había pasado y, desde ese día, hay un antes y un después en nuestras vidas. Poco después, también perdió el trabajo, pero supo rehacerse con esfuerzo y coraje, con un valor increíble. Yo fui testigo de esa lección de vida y de humildad acojonantes.

¿No asusta rodar una película con solo dos personajes?
¡No! Yo tenía muchas ganas... Me gustan mucho Antes del amanecer o Antes del atardecer, de Richard Linklater, y siempre había querido hacer algo así. Esta vez empecé a escribir, pensé en los dos personajes y hasta en el guión los llamé J y C, porque sabía que quería a Javier Cámara y Candela Peña para interpretarlos.

¿Le costó convencerlos?
Javier es amigo mío, tenemos mucha confianza, y antes de acabar el guión ya había aceptado el papel. A Candela Peña la llamé, la invité a un café en mi casa, aceptó y, aunque al leer el guión se acojonó un poco, terminó aceptando. Estoy muy contenta: dan un recital interpretativo. Al ver la película, me olvido de que están actuando.

¿Cómo prepararon el rodaje?
Hablamos y ensayamos muchísimo antes de empezar. Los diálogos son los que escribí, hay poca improvisación, pero el ritmo, los silencios, la manera de respirar, son de Cámara y Peña. Ellos han hecho el enorme trabajo de absorber y rehacer los personajes. Se subieron al trapecio y se la jugaron: yo sólo pude poner una red debajo, la de mi confianza absoluta.

Los escenarios son deprimentes... Un país destruído. Un edificio imposible. Y una gruta.
Al principio quería dar unas pinceladas de cómo está España, en efecto. Luego, entramos en un espacio desconocido, pero que existe. Y todo era una buena contraposición con la cueva que nos muestra los pensamientos de los personajes. No soy nada mística, pero me parece que en el viaje de un escenario a otro ocurren muchas cosas.

¿Por qué sitúa la película en el (pesimista) 2017?
Quería decir que, si seguimos haciendo las cosas tan mal como hasta ahora, me quedaré corta. La situación es insostenible.

Las bombas caen cada vez más cerca... La crisis ha tocado a mi familia, a mis amigos¿Cómo sufre Isabel Coixet la crisis?
Como todo el mundo... Es el pan de cada día. Acabo de comer el menú del día en un restaurante al lado de la oficina, un lugar maravilloso... Y va a cerrar. Así está todo: sales a la calle y empiezas a tropezarte con desgracias, con situaciones desesperadas... Y, como dicen, las bombas nos caen cada vez más cerca. La crisis ha afectado a mi familia, a mis amigos...

¿Dónde empieza esta crisis?
Me hace mucha gracia cuando, desde el poder, dicen que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades... ¿Quién? ¿Quién coño ha vivido por encima de sus posibilidades? Desde luego, ni yo ni los míos lo hemos hecho. No sé quién esa especie de clase fantasma a la que se le atribuye lo ocurrido... A mí me parece que los que han vivido por encima de sus posibilidades son Bárcenas y compañía, y no nosotros.

¿Y al cine? ¿Cómo le está afectando la crisis?
Por completo. A todos. A los que tienen público y a los que no. A los debutantes y a los consagrados. Los últimos dos fines de semana han sido, datos históricos, los que menos gente han tenido en los cines de la historia. Una distribuidora como Alta Films, que ha traído a cineastas desconocidos y maravillosos, que ha creado toda una cultura cinéfila, está a punto de cerrar...

¿Y usted? ¿Cómo se siente?
Como la orquesta del Titanic: tocaré el violonchelo hasta que esto se hunda del todo.

¿No es su película demasiado triste, demasiado desesperada?
Es que me desespera que este país, que tiene recursos para hacerlo mucho mejor, esté como está. Es urgente, y fundamental, un reparto más justo de obligaciones y derechos, de la riqueza, de los deberes... Porque existe riqueza. Claro que existe riqueza en este país. Lo que es absurdo es que no toquen esa riqueza, y en cambio le suban el IVA a la cultura. Es absurdo es que la prioridad sea celebrar cosas, desfiles, juegos olímpicos, en vez de ayudar a los que más lo necesitan. Este ataque sistemático a los más débiles y a la clase media va a hundir el país.

¿Soluciones?
Los partidos políticos no lo son, desde luego, porque no se preocupan de la gente sino de su propio bien y de su cortijo. Y hablo de todos: ¿dónde está la izquierda, dónde está IU? No entiendo dónde se esconden, ni qué hacen. Sólo me da esperanza el activismo concreto, las actitudes de algunos jueces, por ejemplo, que están luchando para que los bancos no le quiten sus casas a gente desesperada.

¿Mi activismo? Tengo un piso un Madrid y no lo vendo, ni alquilo, ni lo tengo vacío. Se lo dejo a alguien que lo necesitaHabla de activismo concreto... ¿Qué hace, en ese sentido, Isabel Coixet?
Predico con el ejemplo: tengo un piso en Madrid y no lo alquilo, ni lo vendo, ni lo tengo vacío: se lo he dejado, desde hace bastante tiempo, a alguien que lo necesita más que yo. Entre familiares, amigos, estamos paliando estas situaciones, luchando porque la situación siga siendo tolerable.

¿Y su cine? ¿Pretende denunciar y cambiar lo que ocurre?
Ayer no termina nunca es la historia de una pareja, sin más. Busca que cada uno se identifique con los personajes, que comparta cosas, que descubra... ¿Que si mi cine puede cambiar cosas? De entrada, la película se ha hecho gracias al esfuerzo de gente que ha aceptado salarios inferiores a los que merecen, que han tenido horarios muy duros, y que han mostrado su solidaridad conmigo. Yo también lo he hecho con otros: confío en esa solidaridad, en esos valores, en el ayudarse, justamente en lo que no están los que nos gobiernan.

¿Entiende algo de los políticos?
No. Ni lo que dicen, ni sus gestos... ¿No ven lo que está pasando? ¿No van al mercado? Me jode cómo hablan, sus palabras siempre genéricas... "Hay gente que lo está pasando muy mal". ¿Per qué gente? ¿Qué colectivos? ¿Cómo se les puede ayudar? ¿Qué medidas concretas tomáis, o no tomáis?

¿Qué hay de usted en los personajes de Ayer no termina nunca?
Mucho... Me encantaría que mi cine no tuviera nada autobiográfico, que no entrara en mí, pero eso es imposible... Hay cosas que dice ella que yo he dicho, y cosas que me han dicho a mí. Esa montaña rusa de desdén, de ternura y decepción, que es la película, yo también la he vivido.

Hace unos años rodaba Elegy. ¿Echa algo de menos de Hollywood?
¡El sueldo! (risas) El haber conocido a gente como Dennis Hopper, alguien que era, en sí mismo, una lección de vida. Pero me siento igual de a gusto rodando en Los Angeles con Penélope Cruz y Ben Kingsley que en Igualada con Javier y Candela. Y hay otra cosa: el guión de Ayer no termina nunca es mío. Parte de mí, y eso hace que siempre te sientas más a gusto. ¡Pero hay que estar a todo, a lo grande y a lo pequeño, porque en el cine el tamaño no importa!

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