Así es la bici: sacrificada. Como si estuviera condenado a galeras. Da igual que haga calor, que llueva o que haga un frío polar. Hay que entrenar. Y eso es lo que el ojo, ávido de gestas y ataques, no ve.
La carretera impone respeto. El tráfico, especialmente en forma de camión, te puede llegar a asustar. «Los coches no te respetan más por ser profesional», nos explica Contador. «Tampoco los sustos son una constante», añade. Hay que ser prudente e ir con mil ojos. Y respetar el Código de Circulación.
Burlas y chanzas
Más allá del puro profesionalismo, el descrédito que ha generado el dopaje hacia el ciclismo se nota en las burlas y las chanzas que nos dedican algunos peatones y conductores. La constancia y el esfuerzo del ciclista anónimo, sin embargo, se obvia.
En algo más de 100 km de grupeta –corredores rodando en grupo– por el sur de Madrid, el viento castiga al ciclista. Y una idea: seguir la rueda es la clave. Pero Contador, acostumbrado, va sobrado.
Pinceladas
Un mal trago: En 2004, Contador sufrió una caída en la Vuelta a Asturias gracias a la que se le detectó un cavernoma, malformación congénita en el cerebro, de la que fue operado con éxito.
Cuestión familiar: Es el tercero de los cuatro hijos de una familia de emigrantes extremeños. Los canarios y los jilgueros le apasionan.
Pedaleando
Prefiero subir que llanear «¡Juanfran, dámelo todo!», me grita sonriendo Alberto Contador. Pero me cuesta. La carretera encara el
sky line de Ciempozuelos y el viento que sopla de cara me dificulta seguir su rueda. Me quedo con una buena rampa.


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