Es profesor de diseño industrial en una escuela pública. Cualquier paseo le sirve para fijarse en pequeños detalles. Su mirada se posa en un banco de madera: no tiene reposabrazos y la estructura de las patas es diferente. «Evita que la suciedad se acumule en la parte de los hierros, el gran problema de los antiguos ban-cos», piensa por deformación profesional.
Le gusta estar rodeado de gente joven. Sus alumnos tienen de 17 años en adelante y le satisface que le hagan sugerencias o le hablen de algo que no conoce. «Si te cierras a aceptar consejos de un chaval, eres idiota. Ellos no han leído lo que tú, pero puede que hayan visto algo que a ti se te ha escapado».
Piensa mucho en la juventud, tiene dos hijas, de 14 y 16 años, y las batallas propias de padres y adolescentes son habituales en casa. «Intento capear los temporales». Cuando ve a sus hijas mirando la tele en el sofá, las observa sin poder reducirlas a líneas y formas, como haría con un banco de madera. «A los que somos padres de adolescentes nos tocó ayudar mucho y ahora nuestros hijos no hacen nada en casa. Los padres somos la generación sándwich».
El verbo «progresar» sale de su boca con frecuencia. Este año empieza la tesis doctoral, pinta, esculpe, actúa en un grupo de teatro y va al gimnasio. No esforzarse es antinatural, y valerse por sí mismo, la mejor de las defensas: «No llegamos a la madurez hasta que no hacemos solos las cosas cotidianas. Si no sabes poner una lavadora serás un niño toda tu vida».


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