«Está bien y ya se encuentra en un hotel de Gaza», confirmó el hermano de Emilio, quien declinó dar más detalles porque estaban «muy nervioso». Poco después, el propio fotógrafo aseguraba encontrarse «bien», aunque necesitaba descansar.
La liberación de Morenatti, de 37 años, fue confirmada a su familia telefónicamente por el ministro español deExteriores, Miguel Angel Moratinos. El Ministerio explicó que ya ayer por la tarde existían indicios que apuntaban a la inminente liberación del periodista de la agencia Associated Press, tras haberse puesto en marcha, a lo largo de la jornada, todos los mecanismos para que se produjera lo antes posible.
Condena
El Consulado español en Jerusalén llegó a anunciar el envío a la zona de dos funcionarios para seguir de cerca el secuestro. Asociaciones de periodistas como Reporteros Sin Fronteras condenaron lo ocurrido y en la misma tarde de ayer se llevaron a cabo varias concentraciones en Huelva y Jerez como forma de protesta y de apoyo a la familia.
Al cierre de esta edición (24.00 horas) ningún grupo o facción se había atribuido aún el secuestro, y las primeras investigaciones se centraban en el vehículo de los captores, poco común en la zona.
«Ha tenido las manos atadas»
La hermana de Emilio, Ángeles, dijo ayer en la cadena SER que el fotógrafo contó que le habían tenido «con las manos atadas y los ojos vendados» y que creía que le habían trasladado «dos veces». Su hermano Miguel Ángel señaló que «él sabía que esto podía ocurrir». El corresponsal de RNE Fran Sevilla era el último español retenido en el extranjero, al permanecer durante horas encerrado en una mezquita de Irak.
Un pacto con las víctimas de la guerra
Hernán Zin, reportero y fotógrafo de 20 minutos.
Emilio Fernández Morenatti es un fotógrafo extraordinario. Sus composiciones casi íntimas; sus retratos de líneas profundas, sentidas; no sólo muestran a un reportero de talento, sino a una persona comprometida que cree en la importancia de acercarse a quienes sufren la guerra, aunque ponga en juego su seguridad. Su galería de trabajos me devolvió ayer a Gaza, a los dos meses en los que cubrí el conflicto. Volvieron a mí la desesperación, el dolor y la incertidumbre que sentí cuando secuestraron a mis vecinos de la Fox. El miedo a salir de noche. Las constantes miradas al retrovisor del coche para comprobar si nos seguían. Mis amigos en Gaza parecen preocupados por el efecto en la prensa extranjera. «Necesitamos que no os vayáis», me dice Jaled. «El mundo tiene que saber». No conozco a Emilio en persona, pero sí he trabajado con sus compañeros. Y sé que establecen un pacto implícito con las personas a las que retratan. Quien te deja que le saques una foto en la guerra te hace responsable de mostrar al mundo su desgracia, para que su sufrimiento sirva de algo. Pase lo que pase, la gente que es como Emilio –y sin duda él mismo ahora que ha superado este trance amargo– seguirá ahí. Es el compromiso que han adquirido con las víctimas.
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