De México son el 10% de la población total; o sea, 10 millones de personas, pero la Constitución no les reconoce. Los españoles llegaron en 1521 y les esclavizaron hasta el siglo XIX. Después las masacres pasaron a una negación más tácita (exclusión, pobreza, expropiación de tierras...).
Levantados
Emiliano Zapata fue el precursor del zapatismo. A principios del siglo XX lideró un ejército campesino que bajo el lema "tierra y libertad" tomaba tierras de latifundistas para dárselas a los campesinos.
En el siglo XXI
En 1994 3.000 indígenas se levantaron en armas en Chiapas para exigir sus derechos. Ahora han comenzado La Otra Campaña. Un proyecto que une en una plataforma a todos los pobres del país para hacer una nueva Constitución que reparta mejor las riquezas.
Aunque el sonido de los fusiles esté apagado y ya no despierte interés al otro lado del Atlántico, en Chiapas (México) las espadas siguen en alto, y los derechos de los campesinos que se levantaron en armas en 1994, en bajo. Fue lo que vio el redactor de este artículo en su trabajo como observador internacional este verano en la comunidad zapatista de Las Tacitas.
En esta aldea de 200 habitantes, en el corazón de la Selva Lacandona de Chiapas son las 11 de la mañana. Manuel salió a trabajar la tierra hace cinco horas.
Al ir, un retén militar le paró, se burló de él y lo registró. Ya no hay guerra, pero los militares cercan a los zapatistas y les meten puntaditas a diario. Manuel sólo llevaba un machete para partir mazorcas y pozole, una papilla preparada por su mujer. Vuelve cuatro horas más tarde con la cosecha en la espalda y una sonrisa sempiterna en la boca, que esconde su cansancio. Nos invita a café en su casa, que es de madera y lleva pintada la foto del Che en la puerta.
Él, siendo un chamaco (chaval), cogió un fusil en el 94. "Éramos invisibles para el mundo. Nos pusimos un pasamontañas y ya nos miraron". Como un niño somnoliento dice que la lucha es lenta, que él no verá la luz, que será para sus hijos. También cree que los zapatistas están mejor porque ya no pagan al señor de la hacienda por labrar la tierra. Los zapatistas le echaron. Pero a Las Tacitas no llegan la luz ni el agua, ni hay médicos, ni carreteras, ni otro trabajo que no sea partirse los cuernos en la tierra. Hay una escuela, pero sin profesor, así que los niños sólo van a clase cuando en su comunidad hay observadores internacionales para dar la clase. Eso hicieron este redactor y otros dos voluntarios en Las Tacitas.
Decíamos que eran las 11 de la mañana y cuando no hay profesor, los niños (lo único que abunda en Las Tacitas) perfeccionan su puntería con el tirachinas, juegan con una serpiente venenosa que afirma su valentía o ayudan en tareas domésticas. Los hijos de Manuel suben del río a su casa un balde de agua cuyo peso les obliga a hacer zigzag. Su mamá, Tomasa, lava en el río. Su trabajo no acaba nunca. Lleva a Pancho, su hijo menor, atado a la espalda. Es una bella mujer indígena. Tiene "25 años o así", gemelos de futbolista y dientes negros. Evidentemente, en Las Tacitas tampoco hay dentista.
Cuenta cuando de pequeña vio en persona al líder del zapatismo, el Subcomandante Marcos. Las mujeres también son guerrilleras. Si algo pasa, ellas dejan a los hijos en casa, los hombres guardan el machete y ambos cogen el fusil, hoy escondido y sin ganas de salir. Hace años, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional se comprometió a exigir sus derechos por vía política.
El Sub Marcos lleva un reloj que marca las 11 y otro que señala las 10. Las dos horas del zapatismo: la de las 11 es la hora de la lucha, la del EZLN. La de las 10 es la hora de los ciudadanos. El sueño zapatista es prescindir del reloj de las 11.
Las 11 de la mañana. Hace 4 horas que amaneció en la Selva Lacandona. Un campesino zapatista, al que los observadores invitamos a tabaco, nos cuenta que llaman "la larga noche de los 500 años" al periodo que va desde la llegada de los españoles con Colón hasta 1994. Chiapas está olvidada. El mundo se acordó de ella despertado por los disparos. Allí sigue amaneciendo, pero entonces sólo suena el gallo, y éste sólo despierta a los campesinos.
El niño que lleva un sabio dentro
El indígena guerrillero guarda un sabio y un niño dentro. Su rostro del color de la tierra se aniña cuando ríe y arrecia si se tercia. Se bañan desnudos en el río, carcajean inocentes y provocan escalofríos al pensar que, cuando es preciso, empuñan un arma. En los desfiles militares, los zapatistas atan una venda a la boquilla de su fusil. «Amordazamos nuestras armas porque no queremos que las pistolas hablen. Queremos que hablen las palabras», explican. Por el sabio hablan, y por el niño, ahora sus armas están guardadas.


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