La misma escena se repite una y otra vez en el aeropuerto Jorge Chávez de Lima. En este caso se trata de Rosa, valenciana, 21 años y 3 kilos de clorhidrato de cocaína adheridos al cuerpo.
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Fotos
Rosa tiene una hija de un año y medio en Valencia, y un novio agresivo y adicto a la cocaína en Perú. Él fue quien hace seis meses le propuso hacer un "viaje" para reconciliarse. En nombre del amor, de los 5 mil euros prometidos y de su adicción a la cocaína, Rosa aceptó.
Rosa pitó en el detector de metales por culpa de un cinturón de moda. Como era de esperar, un guardia de seguridad la cacheó. Otro guardia, vestido de paisano, notó una humedad sospechosa en su frente. ¿Nervios? ¿De qué?
"Pase por aquí, muestre su documentación", alcanzó a oír mientras veía como su novio, con otros tres kilos de cocaína encima, desviaba la mirada y seguía de largo con disimulo. Rosa no quiso que la registraran. Sintió vergüenza.
Ella misma se despojó de la faja que escondía la droga. Justo antes de entrar al avión, el novio dio media vuelta y se entregó a la policía. Rosa desmiente que se haya tratado de un acto de amor. "Si llegaba solo y con la mitad de la droga seguro que lo mataban".
Desde ese momento, los dos viajeros españoles, sin importar su edad, nombre o nacionalidad, pasaron a llamarse burriers. Sus respectivos aviones, evidentemente, despegaron sin ellos.
Burrier es una palabra que proviene de las palabras "burra" y "courier". En el 2,005 la Dirección Nacional Antidrogas (DINANDRO) impidió que burriers de distintas nacionalidades sacaran del Perú más de media tonelada de cocaína. 18 mujeres españolas probaron suerte en este negocio y fracasaron en su intento de hacerse con los 5,000 euros prometidos por trasportar la mercancía a España.
Ahora viven internas en el penal de Santa Mónica de Lima, una cárcel que, según la propia directora, María Eugenia Jaén, presenta graves problemas de hacinamiento e inmundicia.
Tamara también es valenciana y burrier. Tiene 22 años pero parece de 34. Hace dos años que cumple condena en el penal de Santa Mónica. En este tiempo ha engordado 10 kilos. ("Es por el arroz. Aquí sólo comemos arroz") y ha logrado desengancharse de la cocaína, la marihuana y las pastillas. "Era una consumidora habitual. Así fue como empezó la pesadilla".
En su caso, también fue su novio quien la invitó a viajar a Lima y Cuzco, pero ni siquiera le dio tiempo de conocer Machu Picchu. "Se aprovechó de mí, sabía que pasaba por un mal momento, que necesitaba el dinero. Además, es más fácil que te convenzan si te mantienen todo el día drogada".
Ahora, su única actividad consiste en matar el tiempo en compañía de las demás reclusas españolas. Juntas deambulan por el patio, conversan sobre el futuro, asisten a los talleres y fuman todo el tabaco que el bolsillo les permite comprar. "Es el único vicio que nos queda", comenta Tamara. "También el macramé, aunque ya estoy harta de tejer, si no fuera porque me rebaja la pena..."
Los talleres de cocina, cosmetología o manualidades, entre otros, rebajan un tercio de la condena. Normalmente, si no encuentran pruebas que las vinculen a una banda organizada, las burriers son condenadas a ocho años de cárcel.
Si se declaran culpables les pueden reducir hasta un tercio de la pena, y si realizan alguno de los talleres pueden salir en 24 meses. Pero el trámite suele ser más burocrático de lo que suena. Los talleres cuestan. Lo pagan las reclusas, no el Estado, aunque el verdadero ejercicio de paciencia, e incluso de fe, se manifiesta en la espera del juicio. No todas las internas han sido sentenciadas.
El sistema judicial peruano no cuenta ni con el presupuesto ni con el personal suficiente para sentenciar a todos los que son detenidos por cometer algún delito. Al Instituto Nacional Penitenciario (INPE) sólo le queda cruzarse de brazos e ingeniárselas para multiplicar la capacidad de las cárceles. Donde deberían vivir 100 viven 200.
La vida en la cárcel
El taller de cosmetología es uno de los más frecuentados por las reclusas españolas. El ambiente es el mismo que en cualquier peluquería, sólo que aquí las tijeras están guardadas bajo llave. Sandra, catalana de 30 años, se deja peinar por su amiga Yoli, valenciana de 28, mientras Marinero de luces de Isabel Pantoja suena en la radio a todo volumen. "¿Qué habrá sido de la Pantoja en todo este tiempo?", se preguntan. Solicitan información de Bisbal y Chenoa.Lamentan su separación como quien lamenta el segundo divorcio de su madre.
Echan de menos el jamón, la tortilla, el mar y la familia, cuatro elementos improbables en este espacio saturado de estrógeno . Hace tiempo que Yoli y Sandra dejaron de lamentarse por lo ocurrido. "Yo sé bien que me utilizaron", comenta Yoli, "Yo caí para que otras pasaran. Ya estaba a punto de embarcar cuando se me acercó alguien a pedirme la documentación. Me llevaron a una habitación pequeña y desmontaron la maleta.
No les fue difícil encontrar la coca, mi contacto ni siquiera se tomó la molestia de conseguirme una maleta de doble fondo".
En una cárcel donde suelen comer alimentos putrefactos, donde hay una ducha por cada cien personas y algunas duermen en el suelo, resulta hasta cruel preguntar si creen que el arrepentimiento transforma a las personas. "Lo hemos perdido todo. En mi caso , a mis tres hijos porque mi ex marido los ha dado en adopción, mi familia no me dirige la palabra. Les llamo por teléfono y me cuelgan", comenta Yoli. "Ahora me da igual ponerme bajo el sol o sentarme en la sombra, reír o llorar. No hay diferencia, aunque siempre pienso que es mejor reír.
Tengo que ser fuerte porque cuando salga me pienso comer el mundo en dos días y recuperar a mis hijos".
Sandra también ha logrado desengancharse de las drogas, en especial de la heroína."Eso es lo único bueno de aquí. Eso, y encontrarme con tantas españolas. Cuando llegué ellas ya sabían que vendría una más y me tenían preparada una bolsa con productos de higiene personal". Para ella, la vida en la cárcel es una lucha constante. "Te roban la ropa, y si eres extranjera te doblan los precios de todo. El consulado de España nos da 100 euros mensuales a cada una, y eso las otras internas lo saben, por eso se aprovechan. Tenemos que protegernos". Un amigo nigeriano fue quien le mintió al decirle que se trataba de un trabajo fácil. "Lo hice por el caballo, era muy adicta.
Ni siquiera pensé en mi hija, que ahora tiene 13 años". A diferencia de Yoli, Sandra sí cuenta con el apoyo emocional de su familia. "Ellos han querido trasladarme a España pero sería muy complicado y no quiero darles más problemas. Además aquí la pena es más baja. Allá si te pillan te condenan como camello no como burrier".
Magdalena no quiere que la fotografíen porque trabajaba de cara al público en Gerona. Ella también sostiene que la engañaron. Conoció a una peruana en Barcelona que le envió unos encargos para su familia. "Yo vine un mes de vacaciones, he conocido todo el Perú, desde Cuzco y Puno hasta Tumbes. Nunca me imaginé que la familia de esta chica iba a meter un kilo de coca en mi maleta".
Magdalena no quiere fotos pero sí manifestar sus quejas. "Esto no tiene nada que ver con España. Allá esto no ocurre. Para que los trámites se agilicen tienes que tener a alguien afuera y nosotras no tenemos a nadie. El agua de la ducha está infectada, todas tenemos problemas dermatológicos, muchas veces nos dan comida podrida y los pocos medicamentos que hay están caducados".
La directora del penal, María Eugenia Jaén, no defiende la política carcelaria peruana, hace lo que puede con los pocos recursos que cuenta. "En muchos casos se quejan y tienen razón. Pero no podemos satisfacer a todas las reclusas. Hay buenas intenciones pero el presupuesto no alcanza, ni siquiera tenemos dinero para costear los gastos de las internas con problemas mentales. Tenemos esquizofrénicas, paranoicas, drogodependientas e incluso casos clínicos irreversibles, pero no tenemos dinero. Tenemos problemas de hacinamiento, ambientes para cinco donde duermen 20 pero hay que acomodarlas y darles un lugar digno en la medida de lo posible, aunque no siempre se pueda".
En las oficinas del penal de Santa Mónica se encuentra Katie, una keniana de 25 años que desde hace tres días saborea la libertad. A través de la reja que divide el área administrativa de los talleres, Katie les cuenta a sus amigas lo que hizo la noche anterior. "Fui a la playa y me emborraché". Habla de las ventajas de mezclar el whisky con cierta bebida isotónica. Del otro lado de la reja, las reclusas celebran la libertad ajena.
Tamara dice que al salir piensa recomponer la vida de sus padres y la suya propia. "Tuvieron que hipotecar la casa para costear los gastos de un abogado que nos estafó. Nos pidió 10 mil euros de fianza cuando en Perú el tema de las fianzas no existe". Yoli piensa en Valencia, en la paella de su madre, en recuperar a sus hijos y en fundar una ONG con su novio peruano, al que conoció en la cárcel cuando vino visitar a una pariente presa. Sandra en cambio no quiere saber nada de los hombres, sólo pide volver a ver a su hija y no pisar territorio peruano nunca más en la vida. Rosa teme no poder olvidar. "Tengo una amiga que salió y nunca más ha dormido tranquila. Dicen que el silbato con el que todas las mañanas nos despiertan nunca se olvida".


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