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Más producción, más cantidad en menos tiempo: la industrialización de finales del siglo XIX aceleró nuestra impaciencia, introdujo la tiranía de la eficiencia incluso en terrenos tradicionales como la artesanía. Antes del boom de la producción masiva, un bordado, un mueble o una joya se valoraban por la elaboración, la dedicación lenta y exclusiva del artesano, dando lo mejor de su técnica en el objeto. Ahora, la dificultad del proceso ha perdido la batalla frente al beneficio.
El Nationalmuseum de Suecia, en Estocolmo, expone una colección de complejas piezas artesanales, elaboradas sin prisas, con esmero y paciencia. Slow Art (Arte lento), es una muestra de creaciones recientes producidas por artistas (en su mayoría suecos) que, contra las normas de la productividad, trabajan materiales delicados y crean sus obras con una técnica compleja y procesos minuciosos.
Helena Sandström se vale de hilo de oro para ensamblar delicadas piezas florales hechas de cáscara de huevo. Renata Francescon usa sólo las manos para moldear el caolín en pétalos de rosa de porcelana. Imitando el azar de los pliegos y las formas cambiantes, cada pieza es diferente de la anterior. Agrupa el conjunto para hacer formas y recrear la figura de una rosa.
Helena Edman es capaz de elaborar un collar de inspiración egipcia con pequeños tubos de titanio. Los diferentes tonos los consigue con un sistema de electrolisis para el que es necesario cambiar constantemente el amperaje. Después, la artista corta los tubos de modo idéntico y compone la pieza de joyería de 1730 partes.
Una actitud temeraria y rebelde
Cristal, cerámica, textiles, muebles, diseño industrial y gráfico... El museo tiene una colección de piezas artesanales que aumenta adquiriendo anualmente entre 100 y 200 nuevas obras de artistas actuales.
Es una satisfacción que el dinero no puede comprar La temeraria y casi rebelde actitud de los creadores pone a prueba sus capacidades con procesos extenuantes, técnicas manuales que incluso provocan dolor tras horas de repetición y esfuerzos físicos que por su dureza sólo se pueden realizar durante un tiempo limitado al día, como le sucede a Tore Svensson, que no puede pasar más de dos horas forjando con un martillo el hierro frío con que fabrica cuencos de formas suaves y adornos sobrios.
"Es una satisfacción que el dinero no puede comprar", dicen los organizadores, que destacan el giro que está dando el diseño contemporáneo hacia la lentitud como valor: "defienden una existencia fuera de la constante batalla contra el reloj, del beneficio económico y del producto de usar y tirar. (...) Se trata de hacer las cosas bien en lugar de rápido, valorando la calidad frente a la cantidad".


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