En las Tablas de Daimiel, en la meseta castellana, la escasez de agua ha cambiado ya el paisaje. La barca varada se encuentra sobre lo que en su día fue un humedal que suministraba pescado y cangrejos a unas 300 familias. Actualmente, la gente y la mayoría de los lagos han desaparecido.
Mientras España entera padecía uno de sus veranos más caluroso y el segundo más grave de sequía, los ríos y las reservas cayeron a sus niveles más bajos desde que comenzaron los registros hace 10 años, amenazando con restricciones en las regiones más afectadas.
España combina muchos factores que ponen en riesgo el suministro de agua: un clima seco mediterráneo, una agricultura sedienta, el turismo, la rápida construcción y un bajo nivel de concienciación social en asuntos medioambientales.
Un informe del grupo ecologista WWF dice que es el país desarrollado que tiene más riesgo de sequía y desertificación.
Este verano sólo 20 de las 1.800 hectáreas de Las Tablas de Daimiel estaban inundadas, y ello gracias a los pozos que bombeaban agua subterránea. Los dos ríos que inyectaban agua a los humedales estaban secos.
Los patos colorados que usualmente se crían aquí no están y las nutrias se han ido a una reserva cercana, dice la guía Santiaga Molina. Sólo los carrizos - similares a los juncos - siguen adelante.
NO SÓLO SEQUÍA
Pero Las Tablas no sólo está seco por la sequía, dice Carlos Ruiz, director del parque nacional de Las Tablas.
'Siempre ha habido sequías, pero el Guadiana siempre había fluido. En 1986 dejó de hacerlo', dijo. 'El problema de base es la sobreexplotación del acuífero y está claro que se ha debido a la agricultura'.
La agricultura tradicional en Castilla-La Mancha se centraba en el cultivo de viñedos y olivos, que no necesitan irrigación, pero en los años 70 y 80 el Gobierno alentó a los granjeros a cambiarse a cosechas más intensivas para incrementar sus ganancias y mantenerlos en la tierra.
Los agricultores hicieron pozos y el acuífero nutrió los cultivos de alfalfa, maíz y remolacha, pero pronto empezó a menguar.
Desde entonces, el comité de aguas regional y el Gobierno han intentado controlar los pozos y reducir la cantidad de agua que se utiliza. La Unión Europea ha financiado planes para salvar los humedales pero sin éxito.
Ruiz dice que el acuífero ha perdido 3.000 hectómetros cúbicos de los 8.000 que se estiman tiene en reserva. Otros dicen que se ha perdido hasta el 50 por ciento.
En 1974 había agua a 20 metros de profundidad y ahora está a 58 metros bajo tierra.
'El acuífero se acaba a los 90 metros, donde hay una gruesa capa de arcilla. Debajo de eso, hay un acuífero más profundo del periodo jurásico que no se regenera', explicó José María Oñate, coordinador de la política de agua del sindicato agrario COAG en Castilla-La Mancha.
Utilizar agua jurásica para las cosechas sería una barbaridad, afirmó, pero no se descarta.
Oñate y su sindicato quieren que se controle el riego, tanto para salvar el acuífero como para proteger a los pequeños granjeros frente a los grandes productores que, dice, son mucho más derrochadores de agua.
La alfalfa y el maíz han cedido el paso gradualmente a cosechas más secas como melón, pimientos y ajo a medida los granjeros intentan reducir el coste del diesel de sus bombas de regadío. Los viñedos tradicionales ahora se riegan, aunque con cuentagotas.
'Estamos muy preocupados porque las sequías son mas frecuentes y las precipitaciones cada vez menores', dijo el secretario general regional de COAG, José Rodríguez Villarreal.
/Por Julia Hayley/


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