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El pebetero olímpico fue uno de los grandes atractivos de la ceremonia de apertura de los Juegos, principalmente por su ubicación. Prendió la llama en el centro del estadio y las dudas surgieron instantáneas, pues aquel lugar no tenía razón de ser en cuanto comenzase la competición atlética. No es de recibo una jabalina volando chamuscada.
La mudanza del pebetero comenzó este domingo, con apagón incluido, dicen que para facilitar el traslado. Esta mañana ya había llegado a su nueva residencia, en el extremo sur del estadio Olímpico, donde los obreros trabajaban a destajo montando un escenario acorde con la prestigiosa nueva inquilina. Pero allí, en una punta del recinto, la llama pierde simbolismo, y los reproches del público por la decisión ya compiten como polémica del día con los estadios vacíos y las entradas que no aparecen.
Nuevamente el presidente del COI, Jacques Rogge, ha tenido que salir de bombero: "No hay regla que determine el lugar exacto de la llama olímpica". No la habrá, pero mirar el estadio desde su exterior y no ver el fuego resulta cuanto menos extraño. Así sucedió en Pekín, Atenas, Sidney y Barcelona. Era una razón más para presumir de Juegos.


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