Ali Fadel, voluntario de Hizbulá para retirar escombros. (H.Z.).
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El suburbio beirutí de Dahiyeh, bastión de Hizbulá, presenta un aspecto desolador.
Edificios destruidos, puentes partidos en dos, aceras rotas. Huele a polvo, a muerte. Entre los escombros descubro a Hassán Houssa. Tiene 50 años. «Los israelíes han borrado los recuerdos de toda mi vida». Hassán recoge del suelo una chaqueta cubierta de polvo. Y se la muestra a su mujer. «¿Recuerdas? La tenías puesta cuando te llevé al hospital para dar a luz». Después encuentro a unos jóvenes, voluntarios de Hizbulá, que trabajan retirando escombros. «Los niños de Israel firmaban los misiles que nos tiraban, nosotros ayudamos a nuestros padres a reconstruir. Ésa es la diferencia», me dice Ali Fadel, de 14 años. Israel destruyó aquí, en la Zona Cero de Beirut, 198 edificios. Por la dimensión del daño, fue una operación de castigo colectivo, en clara contravención de la Cuarta Convención de Ginebra, que estipula el respeto a no combatientes en tiempo de guerra.
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