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Valiente, guapo, listo, atlético, noble, cultivado... Enrique Estuardo, Príncipe de Gales (1594-1612) era el heredero perfecto, el siguiente gran monarca de Inglaterra. Poco antes de cumplir los 19, tras un breve periodo de enfermedad, murió a causa de una fiebre tifoidea, una enfermedad común entonces por la falta de higiene a la hora de manipular los alimentos y el inexistente tratamiento de las aguas y las basuras. El prometedor príncipe sucumbió a una bacteria.
Un testimonio escrito de la época documentó el dolor de los londinenses el día que los restos mortales eran enterrados en la Abadía de Westminster: "Se podían ver innumerables multitudes de todas las edades y clases, hombres, mujeres y niños... Algunos llorando, gritando, retorciéndose las manos; otros medio muertos, suspirando por dentro; otros cogiéndose de la mano, lamentando apasionadamente una pérdida tan grande con ríos, mejor dicho con océanos de lágrimas".
La National Portrait Gallery de Londres prepara la primera exposición de la historia dedicada en exclusiva al primogénito de Jacobo I de Inglaterra y Ana de Dinamarca, destinado a reinar tras su padre.
En el cuarto centenario de la muerte del que hubiera sido Enrique IX, el museo inaugurará en otoño The Lost Prince: The Life and Death of Henry Stuart (El príncipe perdido: la vida y la muerte de Enrique Estuardo), un repaso por la efímera vida del noble, que a pesar de su corta edad ya era el favorito del pueblo, como se pudo comprobar en su funeral, considerablemente más sonado y trágico que el de la reina Isabel I, nueve años antes.
Entre las más de 80 piezas que incluyen pinturas, miniaturas y manuscritos —algunas nunca antes expuestas— la National Portrait Gallery descubrirá los restos de la efigie funeraria del príncipe, que llevan 200 años sin mostrarse al público y se expondrán junto a un grabado que muestra a la figura sobre la carroza fúnebre, vestida con la ropa del difunto.
Uno de los informes de autopsia más antiguos
La minuciosa exposición recopila manuscritos y ejercicios de escritura del puño y letra de Enrique e incluso su boletín de notas, que nunca había salido del Trinity College de Cambridge. También destacan los retratos realizados por Robert Peake, que rompían el tradicional posado real para mostrar al joven en poses dramáticas que lo inmortalizaban como un hombre de acción.
Uno de los informes de autopsia más antiguos de la historia, también en la exposición, fue el que se le realizó para disipar las dudas de que hubiera sido envenenado. Un retrato poco conocido de su hermana Isabel—su favorita, por la que preguntó en su lecho de muerte justo antes de morir— la muestra llevando un brazalente negro en señal de duelo.
Era un amante de las mascaradas, la arquitectura y el diseño de jardinesEn su corta vida patrocinó una expedición para encontrar el paso del Noroeste (la ruta por mar que bordea el norte del continente americano) y fue el primer miembro de la realeza en coleccionar pintura europea renacentista.
Era un amante de las mascaradas y los festivales, la arquitectura y el diseño de jardines, creando un entorno cultivado y activo en la corte de Jacobo I. Enrique era además un protestante fervoroso y de moral ejemplar que llamaba la atención en el resto de las cortes europeas. Su armadura de bronce, las obras de arte que compró y una colección de tomos de su biblioteca personal descubren a una figura histórica llamativa y polifacética.
A su muerte, el heredero al trono fue su hermano Carlos I, soberbio y arcaico, que se convirtió en un rey absolutista y terminó siendo ejecutado.


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