Relativamente indemnes de los tres años de insurgencia de los suníes - la rama del Islam que dominó el país durante el régimen de Sadam Husein - y los escuadrones de la muerte que han convertido a Bagdad en un campo de la muerte este año, las ciudades al sur están siendo testigos de duros enfrentamientos entre facciones, como se pudo ver en Diwaniya el lunes.
En el corazón de la batalla que tuvo lugar en la ciudad donde estuvieron destinadas las tropas españolas, una tranquila capital provincial en las fértiles llanuras del Éufrates, parece que estaban los combatientes del Ejército del Mahdi, la milicia de Moqtada al Sadr, aunque altos dirigentes próximos al clérigo radical negaron su participación en unos choques que dejaron al menos 20 soldados muertos.
El movimiento de Al Sadr, muy popular entre los chiíes empobrecidos gracias a labores sociales y caritativas muy similares a las de la guerrilla chií libanesa Hezbolá, apoyada por Irán, es uno de los partidos incluidos en la Alianza Unida, que domina el Parlamento y el Gobierno del primer ministro, Nuri al Maliki, apoyado por Estados Unidos.
Otra importante formación es el Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Irak (SCIRI, por sus siglas en inglés), dirigido por Abdul Aziz al Hakim. Fundado en Irán para oponerse al régimen de Sadam, también tiene un brazo armado, el movimiento Badr.
Además está el partido Dawa del propio Al Maliki, que tiene un amplio apoyo, y el pequeño partido Fadhila, que ha alcanzado notoriedad al lograr puestos claves en Basora, la segunda ciudad del país, un puerto de gran importancia que además acoge unos campos petrolíferos claves para la riqueza nacional.
Las rivalidades entre todos ellos contribuyeron al retraso de seis meses en formar el gabinete, y suponen un reto para adoptar políticas coherentes y para un funcionamiento sin problemas de la administración local en gran parte del sur de Irak.
Al Sadr, que dirigió dos levantamientos contra las tropas estadounidenses en 2004, es un crítico de la ocupación, mientras que Al Hakim ha cooperado más con Washington. Las relaciones desiguales y cambiantes con Irán también marcan las relaciones entre los grupos chiíes.
Al Maliki podría estar planeando ya una remodelación de su gobierno, dicen algunos altos cargos, cansado de los enfrentamientos entre sus aliados, que dificultan la reconciliación entre las comunidades iraquíes y han evitado progresos en el desarme de las milicias.
INFLUENCIA DE LOS CLÉRIGOS
Los partidos intentan obtener apoyos proporcionando servicios básicos que el Gobierno no ha podido dar, como en educación y sanidad, y aprovechando las diversas lealtades religiosas típicas de los chiíes, que siguen el mandato espiritual de los clérigos importantes.
Una tendencia es que los partidos rivales asocien su propaganda con la imagen del Gran Ayatolá Ali al Sistani, el más influyente y una figura venerada que ayudó a unir a las facciones en la coalición gubernamental, pero su influencia podría estar disminuyendo a medida que aumenta la violencia de las milicias a pesar de sus llamamientos.


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