Tomo un autobús local. Subo con la mochila en que llevo la cámara y el ordenador. Noto la preocupación de la gente, lo mismo que ocurre cuando entro a un café o a una tienda. Cargar una mochila en esta ciudad implica dar muchos sustos. «Sí, hay gente que se queda en su casa, que no sale, pero la mayoría sigue con su vida», me dice Eddy, un comerciante de Ben Yehuda, la principal calle comercial de la ciudad. «Mis hijos van a la escuela de verano. Y van en autobús. Estamos acostumbrados, hemos pasado momentos peores».
En las calles se ven jóvenes armados con M16, colonos que pasean con sus hijos mientras llevan pistolas en el cinturón o sobre el pecho. La ciudad, con tantas armas y controles, parece en pie de guerra. Pero es cierto lo que dice Eddy, la gente se muestra serena, resignada.
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