Los muchos años de lucha en las selvas del sur de Filipinas han dejado una profunda huella en los guerrilleros que cambiaron el fusil por los aperos de labranza o pesca para llevar otra vida a la que aún les cuesta adaptarse.
Muchos guerrilleros veteranos han tenido que aprender a ganarse la vidaHan transcurrido unos 15 años desde que el Gobierno filipino y los rebeldes del Frente Moro de Liberación Nacional (FMLN) sellaron el acuerdo de paz que supuso desmovilizar a unos 20.000 guerrilleros, la mayoría veteranos acostumbrados a una vida espartana sin apartase de su arma.
"Muchos combatientes que durante años no hicieron otra cosa que combatir y vivían de lo que les pagaban las comunidades han tenido que ir aprendiendo a ganarse la vida", explica James Abdul, voluntario de la asociación de defensores de la paz y el desarrollo en la isla de Mindanao.
Según Abdul, cuando la guerrilla firmó la paz reteniendo a su vez el estatus de organización política y también parte de su arsenal, unos 5.000 efectivos se unieron al Ejército filipino y otros 2.500 ingresaron en la Policía al acogerse a la cláusula del pacto que ofreció a los combatientes la oportunidad de incorporarse a las filas de estas dos instituciones armadas.
Otros 4.000 optaron por la labor de colaborar con organizaciones no gubernamentales dedicadas a la mejora de las condiciones de vida en las empobrecidas comunidades en las que todavía hoy subsisten a duras penas las familias de unos 10.000 combatientes restantes. El sustento diario proviene lo que da la cada vez más raquítica pesca y de las rudimentarias faenas agrícolas, dos actividades para las que nunca fueron instruidos.
Vivimos sobre todo de la colecta y venta de algas"Vivimos sobre todo de la colecta y venta de algas. También pescamos y cultivamos algo la tierra, pero el problema es que no tenemos tecnología y el Gobierno no nos ayuda como prometió", se lamenta Sarace Mohammed, jefe de asuntos militares del FMLN, en el campamento de Taguiti, a unos 800 kilómetros al sur de Manila.
Mohammed, de 60 años, enrolado en la guerrilla al inicio de la década de los 70, dice que aunque no se plantea reanudar la lucha armada, ni él ni los cerca de 250 hombres que habitan en su poblado continúan entrenando de forma regular con las armas que guardaron. "Tenemos todas las armas ocultas en el monte. Entrenamos para mantenernos en forma y refrescar el conocimiento, pues los militares tenemos que hacerlo aunque no pensemos en retomar las armas, somos así. Sigo sintiéndome un combatiente", explica Mohammed.
El responsable militar del campamento muestra con orgullo una pancarta con el descolorido logotipo del FMLN en el viejo cuartel, que con el paso del tiempo ha quedado reducido a un simple cobertizo de hojas de palma apartado unos cientos de metros del poblado. Para Abdul, la persistencia de estas costumbres castrenses no es preocupante porque "las comunidades ya conocen la vida en paz y no van a permitir que haya una vuelta atrás, por mucho que algunos líderes militares coqueteen con la idea de vez en cuando".
"Muchos son concejales municipales, han experimentado nuevas formas de gobierno y la mejora que supone la paz", agrega. Emplazado en una idílica ensenada, protegido por las montañas y la espesa selva circundante, el antaño inexpugnable campamento es ahora un apacible poblado de un millar de habitantes que apenas perturban el cacareo de los gallos y las llamadas a la oración desde la pequeña mezquita.
La mayoría de las chozas no disponen de electricidad y el centro médico más próximo está a más de 25 kilómetros de empinados caminos sin asfaltar y que cualquier lluvia convierte en barrizales. Abdul explica que el subdesarrollo de estas comunidades es mayor en la actualidad a causa de la desconfianza que hay entre el FMLN y los gobiernos locales, aunque cree que algunos proyectos exitosos abren la puerta a la esperanza.
Este voluntario cita de ejemplo la cooperativa agrícola formada en Taguiti por un grupo de 29 mujeres con el apoyo de la ONG local Act for Peace y de la ayuda española para la venta de algas y copra, la pulpa seca de coco. "Al principio íbamos hasta la ciudad, a 40 kilómetros, en transporte público, pero después de unos meses pudimos comprar un pequeño camión. Una vez al año repartimos beneficios y damos una pequeña ayuda para nuestras familias", explica Rasmia Lawan, una de las fundadoras de la cooperativa.
Abdul recalca que estos programas son necesarios para "reconstruir la confianza de comunidades a las que los gobiernos locales no son capaces de ofrecer servicios básicos".
La labor de voluntarios como él ha permitido el desarrollo de 278 comunidades en la convulsa isla de Mindanao, pero cientos siguen viviendo sin ningún tipo de asistencia en condiciones precarias.
El Gobierno y el FMLN firmaron la paz en 1996 a cambio de una mayor autonomía para las provincias de influencia musulmana, pero su escisión, el Frente Moro de Liberación Islámica, continuó activo con 12.000 combatientes y mantiene desde marzo negociaciones con el Ejecutivo.


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