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El actor que hizo de la indignación un arte

Nadie se enfadaba en el cine como Agustín González quien, a lo largo de su carrera, se convirtió en el secundario de oro del cine y el teatro español, gracias a unos personajes iracundos, malencarados, que fueron su sello de identidad, y que parecían, falsamente, una prolongación de sí mismo.

Agustín González fue un niño de la guerra. Nació en Madrid en 1930. "Cumplí nueve años el día de la entrada en Madrid", le gustaba contar al actor fallecido hoy, que justificaba así su pasión de estudioso de todo lo relacionado con la Guerra Civil.

 

Su primer contacto con la interpretación fue en el colegio, en cuyas funciones era elegido para recitar poesía. De ahí pasó, ya en la Universidad, y mientras estudiaba para aparejador -pues no había dinero para que fuera arquitecto- a las clases de teatro del TEU de Filosofía y Letras. Y de ahí, como algo natural, dio el paso al teatro profesional.

 

Por eso quizás, a Agustín González no le gustaba hablar de su vocación, sino que decía haber encontrado entonces en el mundo de la interpretación, "una relajación dentro del constreñimiento al que estábamos sometidos", como solía recordar.

 

Debutó en el teatro con "Tres sombreros de copa", de Mihura, dirigido por Gustavo Pérez Puig y con Juanjo Menéndez, Fernando Guillén y Luis Prendes. Y, casi inmediatamente, fue reclamado por el cine. Primero con Bardem en "Felices pascuas", y más tarde con todos los directores de carisma de entonces, desde José María Forqué, hasta Luis García Berlanga, con quien comenzó en "Plácido", una colaboración que se prolongaría hasta las últimas películas del cineasta valenciano.

 

Ya en esos momentos, Agustín González ejercía de tipo cenizo, de gruñón, o de gritón, haciendo uso conveniente de ese torrente de voz que poseía. En "Plácido" y "Atraco a las tres" en la primera era un panoli, y en la segunda la encarnación del tipo medio gris y avinagrado.

 

Pero Berlanga le dio también, en la trilogía de "La escopeta nacional", el que sería uno de los personajes que más relevancia le dieron en su carrera, el cura fascista, de maneras bruscas y verbo rudo que se convertiría en marca de la casa. Tanto como el otro cura que, muchos años después, le ofreció Fernando Trueba en la oscarizada "Belle époque", donde era un sacerdote libertario que presumía de su amistad con Unamuno.

 

"Siempre me tocan curas atípicos, que nada tienen que ver con la realidad", decía este actor que ya había dejado de contar el número de películas en las que había participado, algunas de ellas con un mínimo papel que él, más que interpretar, asumía como suyo, aunque siempre recalcaba que este tipo de personajes no encajaba, para nada, con su carácter.

 

Actor prolijo

 

Agustín González, uno de los más prolijos del cine y el teatro. Un hombre que nunca sufrió parones profesionales, trabajó al lado de los más grandes directores del cine español. No es de extrañar por eso que su nombre figure en los repartos de dos películas con Oscar, "Volver a empezar", de Garci y "Belle époque",de Trueba.

 

Estudioso de la guerra civil, apasionado por el siglo XIX y el flamenco, a Agustín González le gustaba llamarse "hispanoescéptico" y presumía de un pesimismo que él decía era "puro realismo". Era, solía decir, de esos hombres que veían siempre la botella medio vacía.

 

En su profesión tenía claro el lugar que ocupaba. No era el suyo un nombre que levantase pasiones, pero sí un enorme respeto. "Yo no he sido nunca una estrella del espectáculo -apuntaba-, pero cuando se habla de mí se habla como de un profesional de una calidad bastante notable, con honradez y honestidad muy superlativas".

 

Progresista

 

Y en su vida personal, Agustín González era un progresista que mantenía las teorías utópicas de la anarquía. De ahí que le gustara decir que estaba a favor de la "destrucción sistemática del Estado", por entender que "el Estado es una maquina terrible, asesina, que nos aplastará a todos".

 

Agustín González combinó a lo largo de su vida el cine y el teatro, manifestando siempre una especial predilección por la escena, donde resulta imborrable su interpretación en "Luces de Bohemia", al lado del no menos mítico José María Rodero. Por eso, quizás, terminó sus días en el escenario, con la obra "Tres hombres y un destino", al lado de José Luis López Vázquez y Manuel Alexandre.

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