Abundan los periodistas e invitados, y se detectan nervios y emoción en los trabajadores. Sí: huele a día grande en el Museo del Prado, que a sus 191 años también tiene derecho a jornadas especiales. Este lunes es una de ellas: ha aterrizado en Madrid una de las exposiciones del año, el arca rusa, los tesoros del Imperio. Desde el martes, el Prado exhibirá las joyas del Museo del Hermitage.
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Fotos
Como por arte de magia, y hasta el 25 de marzo, los 3.200 kilómetros que separan el paseo del Prado y el río Neva desaparecerán. El barullo madrileño poco tiene que ver con la calma que rodea al Palacio de Invierno, pero parte de las maravillas del Hermitage, uno de los más ricos museos, se trasladan a Madrid. Son 160 objetos, 25 siglos de historia que comprenden pintura y escultura, arqueología y objetos personales de los Romanov. En resumen: se abre una puerta a la belleza y al conocimiento. "Si hay algo que nos queda a los europeos –afirma la presidenta de Acción Cultural Española, Charo Otegui–, es una cultura sin parangón. Esta exposición lo demuestra: será la cultura, y no otra cosa, lo que salve a Europa".
El intercambio era intentar resumir 'Guerra y paz' y 'El Quijote' en unas cuantas cuartillas
Fue hace 24 meses cuando, ya que 2011 sería el Año Dual España-Rusia, se planteó un intercambio entre el Prado y el Hermitage. No era fácil: como dice Miguel Zugaza, director del museo español, "era intentar resumir Guerra y paz y El Quijote en unas cuantas cuartillas". Se logró: la pasada primavera, Tizianos, Goyas o Zurbaranes del Prado estuvieron en San Petersburgo. Ahora, como decía ayer alguno, llega el partido de vuelta, "los versos más profundos y que mejor definen la grandeza e intensidad del Hermitage. Es un préstamo sin precedentes, un acto de generosidad que hay que agradecer", añade Zugaza.
¿Y cómo hacerlo? Visitando, por supuesto, la exposición. Los que se animen a hacerlo comenzarán viajando a través del arte a San Petersburgo, fundado en 1703 por Pedro el Grande y trazado por los mejores arquitectos e ingenieros italianos y franceses. Óleos de Benjamin Patersson nos acercan a sus primeros y tranquilos días; lienzos de diversos artistas recrean el interior del Hermitage, la suntuosa mezcla de palacio y museo por el que corretearon los Romanov entre 1754 y 1917.
Tras el aperitivo, se despliegan como luciérnagas doradas 24 piezas que los escitas, orfebres nómadas que cruzaron las eternas estepas entre Hungría y China, enterraron junto a sus reyes: es la poco conocida colección arqueológica del Hermitage. La siguiente sala nos lleva a otra era: un Cristo de Veronese o la alargada y herida figura de un San Sebastián de Tiziano traen aromas de la renacentista Venecia. El Greco y Velázquez preceden a un músico de Caravaggio, mientras que en la otra pared se agolpa el talento sombrío de Ribera o Rembrandt.
De milagros y éxtasis
Mucho de lo que vemos es gracias al afán coleccionista de Catalina II, la Grande, de la que pronto hallamos más de un objeto personal. No solo eso: tras enfrentarnos al arte de Rubens, Van Dyck o Hals, el centro de una estancia es ocupado por un pequeño modelo de terracota de El éxtasis de Santa Teresa de Bernini. Sí, también hay esculturas en la exposición, y poco después nos deslumbra, como un blanco milagro confundiéndose con la luz, el brillante mármol de La Magdalena penitente, sensual, lúgubre, arrebatadora obra de Antonio_Canova.
Unas escaleras nos conducen al adiós. La mejor pintura de los dos últimos siglos se reúne en una enorme sala, una colorida fiesta a la que no faltan Matisse, Van Dongen, Cezanne, Picasso o Renoir. Un beso esculpido de Rodin, un estanque firmado por Monet y, si el cuerpo aguanta, las dos últimas obras de la exposición. La imponente, caótica y tumultuosa Composición VI de Kandinsky. Y después, como el irónico punto y final a un viaje de miles de kilómetros y varios siglos, la cumbre del suprematismo: el Cuadrado negro de Malevich. Un motivo entonces, el último, para decir "gracias, Hermitage".


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