Cuando los cientos de aficionados se arremolinaban para embarcar con destino a España, uno de los pasajeros, preso de la alegría y el cachondeo propio de tan feliz noche, tuvo la genial idea de hacer la típica gracia.
De lo más profundo de su garganta salió un profundo grito que movilizó a las masas que esperaban su turno para subir a los aviones: ¡¡Maricón el último!!, grito con todas sus ganas.
Y cual orden militar, muchos parece que se dieron por aludidos y echaron a correr, unos por aquí, otros para allá, con tan algarabía y alboroto que algunos de ellos embarcaron en el avión que no le correspondía.
Un lío, vaya, uno más dentro del tremendo jolgorio que el Sevilla armó ayer en Europa.

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