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National Geographic, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación

National Geographic, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación
Reuters (Reuters)
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MADRID (Reuters) - La sociedad National Geographic fue galardonada el miércoles con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2006, según anunció el jurado.

La Fundación Príncipe de Asturias considera que los expertos de la sociedad, creada en 1888 en Washington, han colaborado en la tarea de profundizar en el conocimiento del ser humano y de su entorno mediante la financiación y el desarrollo durante su historia de más de 8.000 proyectos de investigación en los cinco continentes.

'(Estos estudios) contribuirán a mantener una sensibilidad cultural y una conciencia ecológica necesarias, hoy más que nunca, para preservar en su diversidad el excepcional patrimonio natural de nuestro planeta', dijo el presidente del jurado, Manuel Olivencia, en rueda de prensa en Oviedo.

La sociedad, una de la organizaciones científicas y educativas más importantes del mundo, llega a más de 300 millones de personas cada mes a través de sus cinco revistas, el canal de televisión National Geographic, documentales, películas, programas de radio, libros, mapas y medios interactivos.

El editor de la sociedad en España, Carlos Gómez, mostró su satisfacción por el premio, que dijo es fruto de años de esfuerzo para intentar transmitir al gran público conocimientos sobre 'aquellas cosas que son inéditas o desconocidas o difíciles de conocer'.

'Una de las principales preocupaciones de la sociedad es el interés por la conservación del planeta, por un planeta que se nos va de las manos a veces, que tenemos la sensación de que vamos a ser las últimas generaciones que vamos a disfrutarlo de la forma que lo hemos conocido, y eso es terrible', dijo Gómez a RNE.

Desde Washington, la Sociedad National Geographic emitió una declaración institucional en la que agradeció el galardón y elogió a la Fundación Príncipe de Asturias 'por su dedicación en fomentar el conocimiento científico y cultural en nuestro rico y complejo mundo'.

La candidatura elegida se impuso a otras 34 de 15 nacionalidades. Entre los aspirantes figuraban los humoristas Francisco Ibáñez, Albert Uderzo y Joaquín Salvador Lavado, 'Quino'; la cadena BBC, la periodista italiana Oriana Fallaci y el historiador mexicano Enrique Krauze.

El premio, el segundo de los ocho galardones internacionales que se conceden cada año, está dotado con 50.000 euros y una escultura de Joan Miró.

La semana pasada se conoció el de Cooperación Internacional, que se otorgó a la Fundación Bill y Melinda Gates por su contribución a la salud global de la humanidad y por considerársela un ejemplo de generosidad y filantropía.

En las próximas semanas se fallarán los correspondientes a Artes; Investigación Científica y Técnica; Letras y Ciencias Sociales. Los de Deportes y Concordia se fallarán el próximo septiembre.

La ceremonia de entrega de la XXVI edición de estos premios se celebrará en otoño en el Teatro Campoamor de Oviedo y estará presidida por los Príncipes de Asturias.

/Por Inmaculada Sanz/

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Dice ser Hilario Ideas
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Dice ser Hilario Ideas, 10.05.2006 - 12.16h

Fieles a su tradición, los premios Príncipe de Asturias han decidido otorgar el de Cooperación Internacional a quien pueda conseguir que el propio prestigio del premio aumente allende nuestras fronteras. Cierto es que esta costumbre la suelen alternar con la concesión de premios a ganadores sin méritos suficientes.
Hay una persona con méritos suficiente para este galardón, pero no interesa para no despertar las iras del Islam, ahí se ve la cobardía de los que promueven los premios.
Esta persona es Ayaan Hirsi. Ali nació en Somalia y musulmana. Cliteridectomizada en Kenia, al llegar a la edad púber. En la Holanda inmemorialmente tolerante, logró ser una mujer libre. Theo van Gogh pagó con su vida el haber filmado su lucha contra la opresión de las mujeres musulmanas. Ayaan Hirsi Ali, diputada liberal del Parlamento holandés, sigue amenazada de muerte: cualquier buen musulmán tiene el derecho (¿o el deber?) de asesinarla. Estuvo el mes pasado en Madrid. Para presentar su libro, de título sencillo e irrevocable: Yo acuso. Que es una demoledora denuncia de nuestras complacidas sociedades multiculturales:

"Mi crítica a la fe y la cultura islámica se percibe como 'dura', 'ofensiva' e 'hiriente'. Pero la oposición de los relativistas culturales es, de hecho, más dura, más ofensiva y más hiriente si cabe. Se sienten superiores, y en un proceso de diálogo tratan a los musulmanes no como sus iguales sino como el 'otro' que debe ser respetado. Y piensan que debe evitarse la crítica al Islam, porque temen que los musulmanes se ofendan y recurran a la violencia. En tanto verdaderos liberales, nos abandonan a los musulmanes que hemos atendido la llamada de nuestro espíritu cívico, a nuestra suerte. He corrido un riesgo enorme al prestar oído al ruego de la reflexión y participación en el debate abierto que se generó en Occidente tras los atentados del 11 de septiembre. ¿Y qué dicen los relativistas culturales? Que debería haberlo hecho de otra manera".

El libro recopila textos de origen y forma muy diversos: conferencia, ensayo, entrevista, guión televisivo… Y, a través de ellos, mantiene una blindada coherencia interna: la de una batalla que es quizá, hoy, la más sociológicamente prioritaria del mundo en los inicios siglo XXI: la liberación de la última bolsa masiva de esclavitud, la de la mujer musulmana. Una esclavitud de dimensión demográfica colosal y ante la cual todos los organismos internacionales siguen empecinados en ser ciegos. No, no ciegos, cómplices activos: desde las Naciones Unidas hasta las miserables ONG empeñadas en defender un "derecho a la diferencia" que es, en sentido estricto, el derecho a sufrir una servidumbre abominable, una servidumbre en la cual están en juego libertad, dolor y muerte, puesto que la mujer no es sujeto de pleno derecho en tan "distintas" sociedades. Y su vida no vale mucho más de lo que vale la de una bestia.

"Mi religión ha sido una religión del miedo", escribe Hirsi Ali. "Miedo a que Alá se enfadase. Miedo a ser arrojada al infierno. Miedo de las llamas, del fuego… Ofender al profeta, Mahoma, se castiga con la muerte… Y yo puedo pensar: Mahoma, como individuo es despreciable, Mahoma dice que la mujer debe quedarse en casa, que debe llevar el velo, que no tiene que realizar determinados trabajos, que no tiene los mismos derechos de herencia que el varón, que debe ser lapidada si comete adulterio…" El museo de los horrores de ser mujer y musulmana va siendo desgranado por Ayaan Hirsi Ali con la objetual contención de un etnólogo; y con la carga casi inexpresable de dolor de quien las ha sufrido sobre sí o sobre sus cercanas (así el relato de la locura y muerte de su hermana, devorada por la irrebasable carga de culpa religiosa que fuera su patrimonio). Y en esa descripción hay la denuncia, no sólo, no sobre todo, del bárbaro universo en el cual tales prácticas son posibles, sino, y aún más, de la insufrible hipocresía de un mundo "civilizado" que ve ese genocidio material y moral como un "asunto interno" de específicas sociedades soberanas.

La cliteridectomía, sí. Esa terrible práctica de la cual la autora fuera víctima en su infancia y que describe en páginas difícilmente soportables:

"La forma más extrema de salvaguardar la virginidad es la mutilación de clítoris junto con la extirpación de los labios mayores y menores, y por último un raspado de las paredes vaginales con un objeto punzante: un trozo de vidrio, una cuchilla de afeitar o un cuchillo de cocina. A continuación se atan juntas las dos piernas, de modo que las paredes vaginales se toquen. Esta práctica se lleva a cabo en más de treinta países, entre ellos Egipto, Somalia y Sudán. Si bien es cierto que no aparece prescrito en el Corán, para aquellos musulmanes que quieren evitar que la joven trabaje fuera de casa esta práctica tribal se ha convertido casi en una obligación religiosa… La llamada infibulación o sutura ofrece una garantía extra para los guardianes ojos de madres, tías, abuelas y otras vigilantes femeninas".

Pero también la cínica "tolerancia" occidental, el despliegue de retóricas de doble moral que eluden confrontarse con lo inadmisible:

"Para aquellas chicas de determinadas familias que ejercían controles rigurosos, en Occidente existe –también en Holanda– la posibilidad de restaurar la virginidad, una práctica hasta hace poco cubierta por la Seguridad Social: si perteneces a una cultura en la que se práctica la ablación y has tenido relaciones antes de tu boda, entonces te haces suturar de nuevo a demanda del hombre; si eres una mujer somalí en Europa, te renuevas las suturas vaginales con el ginecólogo sudanés que ejerce en Italia; si eres sudanesa, entonces acudes al médico somalí en Italia. Las direcciones son conocidas…"

Un llamamiento casi desesperado atraviesa las páginas de este Yo acusso. No va dirigido a los varones musulmanes. La autora sabe demasiado bien que eso sería tiempo perdido. Nos interpela a nosotros, ciudadanos de la tierra de acogida de millones de estas mujeres explotadas y amputadas. "¡Permitidnos tener nuestro Voltaire!". No hagáis de la Ilustración una apropiación privada de vuestro autosatisfecho racismo: ése al cual dais nombre de multiculturalidad.

Pocos libros recientes pueden decirse imprescindibles. El de Ayaan Hirsi Ali debiera ser texto de lectura obligada en las escuelas europeas. Que nuestras hijas sepan, al menos, el horror del cual ellas se han librado; el horror que sigue vivo, no ya en lejanos horizontes africanos; a apenas tres o cuatro estaciones de metro.

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Dice ser Gaby
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Dice ser Gaby, 10.05.2006 - 12.48h

Sinceramente impresionante

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