Y no sé si fue porque estaba contagiado por la ira de la gente que le expone a diario sus problemas o porque ese día se había levantado con el pie izquierdo, pero el caso es que la persona que me atendió no lo hizo de muy buena gana. Entre borderías y casi gritos, me dijo que el problema que le planteaba no había forma de reclamarlo.
Hasta que le dije que era periodista y el marrón se lo pasó a otro. Lo malo es que esto ocurre con demasiada frecuencia en algunos de los teléfonos de atención al público que ofrecen las instituciones; teléfonos donde responden personas que están ahí para atendernos y a las que pagamos su sueldo entre todos.
Yo me pregunto: ¿dónde puede uno quejarse del trato que recibe en estos sitios? Porque se te queda una cara de tonto...


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