Recuerdo que agarré la mano de mi madre como si fuera el último eslabón de mi corta vida.
Era de noche, los tambores marcaban un sonido acompasado y feroz; la multitud acompañaba con expectación el paso de la comitiva; creo que sentí la mirada de aquel hombre con una cruz a cuestas, escoltado por figuras imponentes con un capirote sobre su cabeza; algunos iban encorvados, cargaban sobre sus espaldas un retablo de pasión. Tuve miedo.
Lo llamaban la Procesión del Silencio y recorría la Gran Vía. Otro de los rituales era «las siete estaciones», una visita con rezo incluido a siete iglesias distintas.
Hacíamos la ruta por la calle Bravo Murillo; nos reuníamos con vecinos y comentábamos lo bonita que estaba la capilla. Después tomábamos chocolate en Cuatro Caminos.
En la tele ponían películas sobre Jesucristo, la radio emitía música clásica y los cines cerraban. «Hijo, este año, ¿dónde vamos en Semana Santa, al apartamento de la playa o al pueblo a ver a los tíos?»

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