Nada más llegar decidió ponerse a estudiar. Hizo cursos de calderería, soldadura... «Pero hasta ahora no he podido encontrar trabajo de lo que he estudiado». Mientras realizaba estos cursos, se apuntó también a un curso de arbitraje de balonmano. «No había posibilidad de estar ligado al fútbol en aquel momento, así que me decidí por este otro deporte», explica.
Durante un tiempo pitó varios partidos para la federación vizcaína en categoría escolar, juvenil y sénior. Asegura que ser negro nunca le ha causado conflictos en los partidos. «He tenido los mismos problemas que el resto de los árbitros, sobre todo por los padres, que viven los partidos con mucha emoción».
Ahora, participa, junto con otros 20 hombres y dos mujeres, en un curso de árbitro de fútbol, organizado por la obra social de la BBK y dirigido a inmigrantes y a otras personas en peligro de exclusión social. «Es una muy buena iniciativa que ayuda a la inserción», dice.
Su sueño es crear un colectivo de inmigrantes relacionado con el deporte, ya que, para él, «es la mejor vía para nuestra integración». Aunque también confiesa que le gustaría que su equipo nacional, la selección de Togo, hiciera un buen papel en el mundial, en el que participa por primera vez.
Napo siempre se ha sentido bien acogido en Euskadi, a la que considera su segunda patria. «Hace poco tuve que ir a París a renovar mi pasaporte (en España no hay Embajada de Togo); a los dos días ya sentía nostalgia de Bilbao», cuenta entre risas.


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