No le hacen gracia sus 41 años, pero la forma física le ayuda a aparentar menos. Muestra los dientes al sonreír, mueve los brazos y está algo nervioso. Tal vez por eso dirige a menudo la mirada a la ventana.
«De mayor quiero ser bombero» es una frase que podría seguir haciendo suya. Tras 18 años en la profesión, es jefe de grupo y quiere subir un peldaño presentándose a sargento. Las jornadas son de 24 horas, pero trabaja a gusto: «Llevo toda la vida queriendo ser bombero. Tengo suerte. Hago lo que me gusta».
Cada día de trabajo, después de relevar a sus compañeros, revisa todo el material de los camiones y se mete en el gimnasio. Una caja de cartón llena de casetes desordenados nutre de música el rocódromo de piedras de colores en el que entrenan.
Juan Carlos tiene aquí a su segunda familia: «Uno compra, otro hace la comida, otro pone la mesa... y yo friego. Cuando suenan los timbres y salimos a siniestro, sabemos que todo puede depender de un compañero: me deben la vida y yo se la debo a ellos. Es como un Gran Hermano, después de mi mujer, son los que mejor me conocen». En medio de este trabajo-vida los timbres interrumpen cualquier tarea. Suenan, lo dejan todo y se montan en el camión.
Antes de salir a trabajar su mujer acompaña el beso de despedida con un «ten cuidado», pero lo imprevisto es lo que hace vivir a Juan Carlos. «Eso es lo emocionante: nunca sé con lo que me voy a encontrar. Ningún siniestro es igual a otro».

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