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La charca

Al hilo de la subasta del edificio de la calle Prado: pescar tiburones en una charca es tarea absurda.
Bancos irresponsables, promotores sinvergüenzas, políticos corruptos son consustanciales al funcionamiento social y, al parecer, nos tienen acostumbrados a sus dentelladas. De lo contrario, la rebelión rugiría. Pero no. La sangre, real o simbólica, de los inocentes no despierta nunca la indignación social que merece. Tampoco levanta el clamor que cabría esperar, lo que viene a demostrar que, en el fondo, nadie cree en la justicia. Es decir, parece que todo el mundo intuye, oscuramente, que el funcionamiento de la charca, perdón, de la sociedad, se basa en la negación de sus propios principios. Esta resignación alimenta un consenso vergonzoso sobre las reglas del juego de manera que los chanchullos pasan a ser una función vital y la injusta irresponsabilidad, el mecanismo secreto de toda la charca.

Su muelle político. Su servicio público. Y si no, que se lo pregunten a los vecinos.

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