Cien mil kilómetros de cable nos separan de las estrellas. El ascensor espacial, un viejo cuento de la ciencia ficción, ya no es una fantasía. Ahora es cuestión de nanotecnología.
La gente de Liftport no tiene prisa. Su objetivo es ambicioso pero, si lo consiguen, administrarán la autopista más rentable del mundo: la puerta de las estrellas.
Esta compañía privada lleva dos años investigando en las tecnologías necesarias para construir el ascensor espacial, una obra de ingeniería de tal magnitud que hace que el canal de Panamá parezca un juego de niños a su lado.
Tender un cable de 100.000 km de distancia desde una plataforma en el Pacífico hasta una base espacial situada en órbita terrestre
El proyecto de esta empresa consiste en tender un cable de 100.000 kilómetros de distancia desde una plataforma en el Pacífico -en las costas suramericanas, a la altura del Ecuador- hasta una base espacial situada en órbita terrestre.
La fuerza de la rotación de la Tierra lo mantendría en tensión del mismo modo en el que vuela un columpio que gira en el extremo de un tiovivo.
Este larguísimo cable sería una autopista hacia el cielo. Por él podrían trepar unos robots automatizados, capaces de transportar toda clase de materiales hasta el espacio a un coste muchísimo más barato del que ahora se paga con los cohetes.
Ha pasado casi medio siglo desde que el hombre salió por primera vez al espacio y la principal barrera para la conquista del cosmos sigue siendo la misma: la gravedad.
El precio de la materia puesta en órbita no baja, en el mejor de los casos, de 4.000 dólares el kilo si el cohete es ruso
Llevar una nave hasta el espacio, alcanzar la velocidad de escape, sigue siendo carísimo. El precio de la materia puesta en órbita no baja, en el mejor de los casos, de 4.000 dólares el kilo si el cohete es ruso -los más baratos-.
Con el ascensor espacial, los costes por kilo se reducirían a la décima parte y, lo más importante, el número de toneladas diarias que podríamos transportar hasta el espacio sería muchísimo mayor.
Así, proyectos como la colonización de la Luna o la construcción de grandes naves -capaces de viajar durante años hasta los confines del sistema solar- dejarían de ser un sueño imposible.
Una vieja idea
El ingeniero ruso Yuri Artsutanov fue el primero en plantear esta posibilidad en un artículo titulado Hacia el cosmos por el tren eléctrico, que publicó en 1960.
Yuri Artsutanov fue el primero en plantear esta posibilidad en su artículo Hacia el cosmos por el tren eléctrico, en 1960.
Más tarde, en 1978, el escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke popularizó la idea con su novela Las fuentes del paraíso.
Hoy, ese mithril mágico, ligero como una pluma, pero tan duro como el acero, ya es una realidad.
El primer material conocido por el hombre tan liviano y robusto como para sustentar indefinidamente el peso de su propia presión gravitatoria sin derrumbarse es el nanotubo de carbono.
Este tipo de forma química, similar al diamante o al grafito, permite crear finísimos cables tremendamente resistentes, pero miles de veces más finos que un pelo humano.
De momento, la fabricación de este material es costosa y lenta, pues se trata de complejos procesos que aún no son posibles de lograr a gran escala. Liftport, al igual que otras empresas, ya cuenta con una fábrica de nanotubos de carbono.
Liftport, que cuenta con el apoyo del Congreso USA y de la NASA, trabaja en el diseño de robots capaces de trepar por ese cable cargando peso
Otro problema está en que el cable debe ser capaz de resistir el impacto de los meteoritos y también el de la abundante basura espacial -restos de satélites artificiales y fases de cohetes- que rodean las órbitas de baja altura.
Antes de construir el ascensor espacial sería necesario retirar cuidadosamente todo objeto volante que se cruzase en su camino.
No es una tarea fácil pero, según el investigador estadounidense Bradley C. Edwards, el mayor experto mundial en el tema, tampoco lo fue la misión Apollo o el desarrollo del trasbordador espacial. «Todas las tecnologías necesarias para construir el ascensor espacial ya están aquí, sólo hace falta llevarlas hasta el límite», asegura. Hacia el infinito, y más allá.
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- Revista Calle 20

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