Palabras desde el dolor
- ECO ®
- Poca actividad social ¿Qué es esto?
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«Siento el impulso de poner flores en el lugar donde estuviste, aunque quizá fue otro quien yació allí. Pero no importa: otras flores y otras lágrimas, tan amargas como las mías, se posaron donde expiraste tú. ¿Expiraste tú? ¿Acaso te dio tiempo a expirar? ¿No será posible que pasaras de la vida a la muerte saltándote el trance de la agonía?»
(Caligrafiado en una servilleta el 14 de febrero, por May (prefiere que aparezca el mote cariñoso por el que la llamaba su marido), una viuda de 47 años que se atrevió a ir ese día por primera vez a la calle Téllez, donde murió su esposo, Félix González Gago.)
El 11-M de Miriam Carramolino: Estúpida pregunta
«¿Cómo estoy un año después? ¿Es necesario explicarlo? Cuando la extrema violencia es usada por seres humanos contra seres humanos, ni el paso del tiempo basta para encontrar respuesta a un «¿porqué?» constante. Hoy todos me recuerdan, y lo único que deseo es que me olviden. Hoy no, por favor. Sin embargo, se empeñan en obligarme a recordar el estruendo que sobrecogió mi rutina. Campanas que me devuelven al temor, campanas heladas, sonando al ritmo que impone la solemnidad de las iglesias, en las que no todos los afectados nos sentimos cómodos. Prefiero estar lejos, lejos de mi casa y lejos de mi gente. Que me obliguen a escuchar. Mi recuerdo, a diferencia del tuyo, es perenne. No necesito medallas, ni homenajes_ni tétricas melodías de frío metal. Simplemente necesito paz. Hace un año que lo intento».
(Miriam Carramolino, de 27 años, perdió a su pareja, Abel García Alfageme.)
El 11-M de Jesús Patiño: Extraño fuera del paraíso
«Como alguien que no despierta de una horrenda pesadilla, continúo caminando hacia ningún lugar, en una vida que jamás desearía al más despiadado de los enemigos. Pensamientos horrendos que circulan por una mente fuera de sí, latiendo dolorosamente hasta que, convertidos en lágrimas amargas, golpean cada atisbo de esperanza. Pero hoy no quiero contar más la desolación, sino cantar un profundo y dulce silencio por aquellos ángeles que hoy tienen una vida mejor y respiran un aire más puro desde su trono en el cielo. Allá donde la luz sea más hermosa, anhelo encontraros de nuevo. En aquel apartado lugar repleto de flores, hallar vuestra sonrisa. Paraíso del que fui expulsado en una fría mañana que pronto se repetirá.»
(Jesús Patiño (30 años) perdió en Atocha a su mujer, Ana Isabel Gil Pérez (29), y al niño de siete meses del que estaba embarazada, Samuel.)
El 11-M de la Familia Moris Crespo
«Nuestro hijo Juan Pablo nos fue arrebatado hace un año. Hoy seguimos recorriendo nuestro calvario particular con la ayuda de Dios, que utiliza a las personas más cercanas para hacer de cirineos y de verónicas.Un año después, aún no sabemos la verdad de lo ocurrido, seguimos sin investigar todas las pistas que podrían conducirnos al conocimiento de dicha verdad, seguimos sin profundizar en los fallos de las Fuerzas y los Cuerpos de Seguridad, en la trama asturiana de explosivos, en lo ocurrido en la casa de Chinchón, en la conexión marroquí, en el suicidio de Leganés, en las muertes extrañas de algunas personas, como la mujer de Lavandera y el recién ahorcado marroquí... El rey de Marruecos, ¿qué pinta en el aniversario de la masacre? Sólo entendemos su presencia si viene a desvelarnos lo que Marruecos aportó al mayor crimen de la historia de España. Todos los homenajes sobran si no trabajamos sin descanso por el esclarecimiento de la verdad, la elaboración de un plan preventivo en base a los hechos y la aplicación de la ley sobre los delitos de los implicados. Pero de todos, no sólo de los autores materiales.»
Gabriel Moris y Pilar Crespo perdieron a su hijo Juan Pablo, de 32 años, un incansable activista social.
El 11-M de Juan Cordero. Elegía.
«Después de un año, en el gélido universo, tan inerte como vivo, nada y todo ha cambiado. Este _11 de marzo es frío, porque puede serlo; sin embargo, el pasado lloraba hasta la lluvia. Las mujeres siguen tomando el tren por la mañana para ir al trabajo, vuelven a casa y regalan sus abrazos o descargan su cansancio. Este mundo no es mejor ni peor que en 2004: permanecen muchas cosas, pero todas han variado. Predecir que Susana y yo nos conoceríamos, nos querríamos, viviríamos juntos y nacerían nuestros dos hijos, los que ahora son, habría sido imposible y, porque podía ser, sucedió. Pensar en que la matasen así; no, eso no puede entenderlo nadie, y pasó. El mundo nuestro, de los hombres, las naciones, las ideas, la economía, no ha cambiado, sería utópico imaginarlo, y aún así deja todo atrás, como un reloj. Extraña que sigamos siendo Sofía, Javier y yo, tres individuos; y que nosotros seamos, tomado en plural. No somos los mismos, aunque no lo parece. ¿Y por qué no si en la eternidad del tiempo, en el universo de las constelaciones, en el conjunto de los estados, ocurre igual, todo es lo mismo y todo es diferente? Ahora observemos más adentro, volvámonos hacia lo pequeño, reparemos en los mínimos detalles. Vemos a Javier siendo arropado, Sofía recibe un beso, su marido camina cogido de la mano, su hermana gemela, pensando en ella, busca en el espejo, su madre espera una llamada... Pero cuando nosotros miramos, la ausencia, el vacío que hallamos, es capaz de atravesar en un escalofrío todo el impasible universo entero. (El mismo ser que para escapar de la pavorosa nada del cosmos se refugiaba en ella, percibe en sí la angustiosa dimensión de silencio que le ha invadido por dentro.)»
(Juan Cordero (44 años) es profesor de filosofía en un instituto de Coslada. El 11-M murió su mujer, Susana Ballesteros Ibarra, de 43. Se habían conocido a los 15.)
El 11-M de Laura Brasero de Cos. El último hasta luego.
«Aquella mañana, mi padre me despertó como cualquier otro día. Me levanté y fui a la cocina. Allí estaba él, en la puerta, deseándome suerte para los exámenes que tenía ese día, diciéndome «hasta luego». Ese «hasta luego» nunca llegó. Vivo en Rivas. Todos los días paso por Santa Eugenia, el lugar donde falleció mi padre. Cada día, inconscientemente, mi cabeza se gira para mirar la estación. Ese día, el 11 de marzo del año pasado, también miré, pero ni por un momento imaginé lo que había sucedido. Estuvimos el día entero llamando a todos los teléfonos sin obtener respuesta alguna. Ya de madrugada, en el Ifema, yo seguía llamando, manteniendo aún la esperanza, algo que no podía perder. Finalmente llamé al 112 y ya no hicieron falta más palabras. Me levanté _y abracé a mi madre. _A partir de ese día todo eran muestras de cariño, pero se han ido desvaneciendo con el tiempo, algo que tampoco puedo reprochar. He seguido con mis estudios. Intento superarlo cada día, pero es muy difícil. Sé que tengo que hacerlo por mi padre, porque es él quien me está dando toda la fuerza que estoy demostrando y el valor necesario para continuar con mi vida. Mi padre siempre seguirá con nosotros»
(Laura tiene 20 años. Su padre, Florencio Brasero Murga, de 50, era un hombre dulce y apasionado del Real Madrid. Su viuda, Concha, aún se asoma a la ventana creyendo que va a regresar.)

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