Estadísticamente, dos se reparten por la mitad la posibilidad de ser atacados por un depredador, así que si son 100.000 hagan cuentas de la ventaja. Por eso cuando el enemigo se acerca, todos quieren estar en el centro, el lugar más seguro.
¿Estupidez o egoísmo? Exactamente lo mismo sucede con las ovejas. Frente a la aparición del lobo, no salen corriendo en desbandada, sino que se empujan unas contra otras para intentar ocupar el centro del rebaño, en lo que siempre se interpretó como señal de estupidez cuando, en realidad, es un claro síntoma de egoísmo. Ajeno a ese sentimiento, algunas veces el inteligente cánido las mata a casi todas, en un comportamiento que algunos explican nació en la época de las glaciaciones, en previsión de hacer una helada despensa. En realidad, es una falta de control de la agresividad al atacar animales con escasos mecanismos de defensa.
Víctima de una de estas lobadas, Justo Peña, un pastor del burgalés páramo de Masa, no entendía ese gusto del lobo por la sangre. «Podían matar dos o tres ovejas y comerlas, pero no hicieron más que matar y matar hasta acabar con más de cien. ¡Cómo gozarían!».


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