Pocas obras de arte suscitan mayor admiración entre nosotros que las surgidas de la naturaleza. Y no sólo en su estado más bello, a través de paisajes idílicos, lances faunísticos, flores multicolores. El tronco retorcido de un árbol es también arte. Arte casual, lo llaman ahora los expertos, que alaban retorcidas vides expuestas en inmaculadas salas de museos. Arte objetual como principio compositivo, el mundo de los objetos encontrados. Surrealista, dadaísta, donde la teoría es más importante que el concepto, pues se apropia de la realidad para meros fines estéticos. Antitecnológico, producto del azar pero lleno de vivencias, de sentimientos colectivos, de sensaciones.
Desde esa perspectiva, el Windsor es también nudoso sarmiento de nuestra civilización, naturaleza muerta de una sociedad agónica, particular torre de Babel derribada como castigo divino a nuestra soberbia, símbolo de nuestro orgullo herido y de nuestros miedos de fin de milenio. Un horror ennegrecido pero sublime, bello en su fealdad, útil en su inutilidad, imponente en su grandeza, inestable como nosotros, sensible como nosotros. Conservar este esqueleto gigante en el corazón de la ciudad que es corazón del Estado significa mucho. La Kudamm de Berlín o la cúpula de la bomba atómica de Hiroshima son ya iconos de la barbarie que supuso la segunda guerra mundial. Frente a la zona cero de Nueva York, nuestra torre no recuerda a muerte, sólo a especulación. Y contra la especulación, ocupación. Ocupación como espacio emblemático de la cultura. Ocupación como escultura conciliadora y al mismo tiempo provocadora. Ocupación como atractivo turístico. Ocupación como naturaleza urbana. Para sentirnos más vivos frente a un edificio tan muerto. Para gozar. Para nosotros.


no m a gustado nada la página porque no explica ni el año en el que se ha hecho ni el autor
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