Tan práctico como escéptico, el anatómico inglés Hunter trató de demostrarlo de la mejor manera posible: capturó un lote de golondrinas, esperó al otoño y las sumergió bajo el lodo. Llegada la primavera, y tras comprobar que todas habían muerto, comenzó a dudar. Mucho más prudente, su contemporáneo el alemán Johan Leonhard Frisch ató cintas de colores a las patas de las aves, liberándolas después y, cuando meses después regresaron las avecillas, dedujo que no habían estado enterradas, pues tenían limpias las cintas.
Barcelonés y pionero. Curiosamente, uno de los primeros experimentos serios en el mundo sobre las golondrinas lo hizo un aficionado barcelonés. El 22 de julio de 1845, el periódico Morning Post daba la noticia de que una golondrina abatida el día anterior en Halifax (Inglaterra) llevaba en la pata un trocito de pergamino donde se leía la siguiente inscripción: «J. Rovina y Calvi, Barcelona, 10 de marzo de 1845».
En los últimos 30 años, sólo en España y ya con métodos científicos se han anillado más de 250.000 golondrinas que, entre otras cosas, nos ha permitido saber que pasan mayoritariamente el invierno en el Golfo de Guinea, a más de 4.000 km de distancia. Y cuyos primeros ejemplares de avanzadilla comienzan a verse estos días en agrestes rincones como la malagueña sierra de Las Nieves o la onubense de Aracena, aunque hasta el próximo mes el retorno no será generalizado.


A más de uno enterraba yo en el barro, especialmente políticos.
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