Allí estaba, sentado a la entrada de la tienda, junto a su correa atada a ninguna parte y aguardando a su amo/a con la dignidad del chucho cancerbero que conoce sus responsabilidades y limitaciones.
Durante los ocho minutos del cigarrillo de la una y media no perdimos ripio el uno del otro, cómplices de una situación muy similar: los dos nos veíamos en la calle, él por no saber fumar y yo por no saber dejarlo. Tras despedirme con un cálido «adiós, compañero», sentí haber encontrado al perro de mi vida. Y empecé a creer en Can Valentín.




Hay miradas que dejan huella...yo nunca olvidaré la de mi perrita Mina. Es dulce, tierna, traviesa...y cuando llego a casa, ilusionada, como si llevara toda la vida esperándome. Nadie me ha recibido nunca, como lo hace ella.
Yo descubrí Can Valentín, hace dos años y medio, cuando la conocí a ella.
Preciosa columna. Enhorabuena.
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