Con su atuendo identificativo de vestido holgado y estampado y pañuelo anudado al cuello que ocultaba su cabellera, la mujer se acercó al vendedor de DVD pirateados. No le dirigió palabra alguna, tan sólo agitó el vaso de plástico que llevaba en su mano. Pese a no compartir idioma ni costumbres, su interlocutor entendió.
También gesticulando le obsequió con una sonrisa y le hizo ver que si lograba vender algo de su mercancía le daría la limosna que pedía. Ella, menos elocuente, le respondió con una agradecida sonrisa. Emergió la comprensión entre iguales, la generosidad del que no tiene.
Le inyectó una dosis de optimismo tras una mañana mendigando en pleno centro de la ciudad en la que, al margen de cinco euros, no había conseguido ni una simple mirada con los más elementales tintes de humanidad.


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