En ocasiones ve anuncios. Por todas partes. Por la calle, en el metro, en el cine, en casa… Es una fiebre nueva que le encanta. Que le hace mirar el Mundo con ojos de niña. Salir con hambre. Saber más cosas. Sobre un nuevo producto. Sobre quién lo vende y cómo lo vende. Cómo lo ofrece y lo envuelve… Y esa hambre no se sacia ni en el supermercado. Lo pudo comprobar el otro día cuando fue al súper de su barrio. In extremis. Como siempre. Es decir, cuando no tiene ni un huevo en casa y se ve obligada a hacer una compra considerable. Gracias a la cual ha de recorrerse el supermercado de cabo a rabo, lista en mano, varias veces. Por los olvidos. Y algún que otro antojo. Bajo en calorías.
En ese trajín andaba cuando vio varias veces al hombre del traje gris. Un hombre entrado en años y en quilos que, junto a otra mujer, carpeta en mano, pasaba por los lineales y abroncaba a los empleados. De acuerdo que era sábado, y que algunas secciones estaban manga por hombro, pero es que había más gente que en la guerra. Y los reponedores no daban abasto.
Lo volvió a ver al lado del café. “¿Te parece que esto da buena imagen? Eso no estaba así hace un minuto”. Y era cierto, acababa de coger un paquete king size de torrefacto. De marca blanca. Que la cosa está fatal.
Cuando llega a la caja, no lo puede evitar y le pregunta a la chica quién era el hombre del traje gris. Después de explicarle que está estudiando Publicidad y que se fija en esas cosas, ella, muy bajito y con voz cómplice, le responde que es el encargado. Ayudándola a colocar su compra en las bolsas, prosigue: “Hace nada, también me ha tocado a mí”. Vaya, el hombre del traje gris parecía implacable. Tenía para todos. Excepto para sí mismo. Por muy ordenado que tenga uno el súper, majo, la imagen de marca comienza con él mismo. Y el respeto a los públicos internos.


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