Tiempo de amar

Y el primer paso es responder a la llamada del amor. O mejor dicho, al instinto de la reproducción. Ahí tienen ustedes a los buitres leonados, igual los castellanos de Riaza que los andaluces de Cazorla, volando todo el día en parejas, muy juntitas y cerca del risco donde han decidido instalar su nido. Pero no se engañen. Ésta no es una sincera demostración de cariño. En realidad es el mejor método que tiene el macho para asegurarse de que él, y sólo él, será el padre de la descendencia de ese año, pues no va a trabajar duro durante meses para sacar adelante las peculiaridades genéticas de otro. Un fenómeno que en ciencia se conoce como «el gen egoísta». De hecho, cuando la hembra ponga finalmente su único huevo, la persecución desaparecerá. Otros muchos animales tienen estos días las hormonas igualmente subidas. Espérense si no a que caiga la noche sobre los farallones de esas mismas buitreras para escuchar el inconfundible canto del búho real. Su lúgubre ulular taladra el viento helado en busca de una respuesta, de una hembra receptiva, pero también como advertencia: este territorio tiene dueño. Hasta las sardinas suben en estos días de las profundidades para dejar flotando sus huevos en el mar a la espera de que nazcan las larvas. Otro refrán quizá sirva para explicarnos este primer calentón del año: «No hay luna como la de enero, ni amor como el primero». cjpalacios@wanadoo.es

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