A España llegó en 1872 de la mano de Josep Raventós y Fatjó, de una familia cuyo destino ha estado íntimamente ligado al de un sorprendente árbol, el roble de Can Codorníu. De hecho, cuando en 1498 Xavier Codorníu compró sus primeros viñedos en Sant Sadurní d’Anoia, los documentos ya relataban la existencia en la finca de un gran roble. Tan importante que, hasta el siglo XIX, las mejores transacciones de la localidad se firmaban bajo el árbol como testigo. Hoy, la bodega de los Raventós i Blanc no sólo tiene al gigante vegetal como símbolo de sus afamados cavas, sino que el nuevo edificio se ha construido delicadamente a su alrededor, de forma que el inmueble bascula hacia el árbol.
Es más, los estatutos de la empresa recogen como primer mandato el compromiso de conservar el roble, incluso antes que el negocio. No hay árbol más mimado en España.
Pero tiene un problema. Su novia se muere, si no lo ha hecho ya. A tres kilómetros crece la encina de Can Ros, otro ejemplar centenario. Antes se veían las copas y se enamoraron. Ahora sólo ven tejados. Quizá por ello la encina languidece de amor, enferma y achacosa. Me pregunto si el cava no le daría la alegría que necesita. Por si acaso, esta Nochevieja brindaré por ella. Por los dos. Por todos nosotros.


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