Ya no. Benditos locos del alcohol o la penumbra que ponen el silencio patas arriba con sus sentencias firmes e incongruentes. Desde mitad de la calle. Desde lo alto de un banco. Desde la esquina del bar.
O desde el asiento del autobús, como la buena señora con la que coincido a veces camino de la redacción. Y no han de callar por más que con el dedo… Pero los prefiero a los masculladores de amenazas tras una refinada sonrisa de porcelana o a los pusilánimes devotos de plegarias vacías. Que tampoco callan, los jodíos.




jajajjaj...muy buenoooo, aunque no estoy de acuerdo, porque el que es de hablar, como se dice no calla ni de abajo del agua.
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